porque entre el vapor de agua
me viene tu vida
las arugas pertinaces
el sudor frío
las tardes de mayo
y tus abrazos perdidos.
Me gusta doblarte la ropa
porque es como hacerte de bolsillo
como llevarte entre las manos
recién atardecida
y guardarte intacta
hasta la primavera que viene.
Me gusta tanto tu armario
que después de Estambul
es el mejor lugar donde perderme
entre el Gran Bazar de tus faldas
y la Mezquita Azul de mis sueños.
Inventario de tu armario
porque entre el vapor de agua
me viene tu vida
las arugas pertinaces
el sudor frío
las tardes de mayo
y tus abrazos perdidos.
Me gusta doblarte la ropa
porque es como hacerte de bolsillo
como llevarte entre las manos
recién atardecida
y guardarte intacta
hasta la primavera que viene.
Me gusta tanto tu armario
que después de Estambul
es el mejor lugar donde perderme
entre el Gran Bazar de tus faldas
y la Mezquita Azul de mis sueños.
Y fueron felices, o eso dicen
Blancanieves tuvo que huir, por bella, a servir en una casa. Trabajó como una enana hasta que la envenenaron. Cuentan que la resucitó el beso de un príncipe del que nunca más se supo como la trató.
Cenicienta fue maltratada por sus hermanastras, luego cayó en manos de un príncipe fetichista que no sabemos que hizo con ella.
Bestia secuestró a Bella. Dicen que encontró algo en su interior. No me creo eso de que la música amanse a las fieras.
La Durmiente, fue encerrada desde pequeña en una mazmorra y luego abandonada medio muerta en el bosque, al alcance de cualquier desaprensivo.
Malditos príncipes azules, engañabobas de mil y una noches, de las que se durmieron soñando sin saber el precio que habrían de pagar por un traje, un zapatito de cristal o una boda de ensueño.
Mención especial en el II Concurso-Maratón de Microrrelatos Desgenerad@s.
Ábrete sésamo
Vestido con su traje de Aladín insistía mientras su madre, avergonzada, tiraba de su brazo para que la siguiera.
-¡Ábrete sésamo! ¡Ábrete! – le chillaba a la puerta.
Cuando consiguió sacarlo de la sucursal, todo volvió a la normalidad.
Nadie le había explicado que ahora los bancos tenían un sistema antirrobo que consistía en aperturas retardadas; así que ya no estaba, cuando por arte de magia, la puerta de la caja fuerte se abrió y muy despacio fueron saliendo cuarenta banqueros.
Víctimas
Cuando se trató de buscar culpables, el verdugo miró para otro lado, el juez dio el asunto por zanjado, los testigos no quisieron saber nada más del tema, los abogados se perdieron entre papeles, la policía desapareció de escena, los agravantes dejaron de serlo y las pruebas fueron circunstancias. Sólo las víctimas siguieron en su sitio, eternamente olvidadas.
Moribundas
Las palabras cuchichean unas con otras. Las largas tienen más que decir al respecto, las cortas a penas balbucean, las palabras plañideras se limitan a sus ayes habituales. En el fondo de la academia, justo a la izquierda de los tomos olvidados, van muriendo poco a poco. Esta semana
nos dejarán: cachivache, aeroplano, soponcio, pirulí, elepé, niqui, enagua, cavilar, cuchipanda, encerado, pichi, sostén. -¡Córcholis! (se lamentan por última vez los diccionarios) a ver si nombrándolas…
Misión imposible
Podía con casi todo, pero lo de la novela negra le superaba. Tenía varias colecciones y dos veces al mes lo intentaba.
Al segundo tiro se removía es su asiento. Cuando iba por tres cadáveres, su corazón era un guiñapo. Antes de poder resolver nada, andaba ya entre encolerizado y deprimido; era incapaz de acabar.
Cada dos años volvía al Tibet, al monasterio donde vivió durante seis. Sus hermanos monjes le miraban con recelo cuando lo veían trepar dificultosamente la montaña.
Sudoroso y jadeante saludaba a todos, colocaba su mochila en el suelo y la abría mientras recitaba el mismo mantra de siempre: «están por pacificar». De la mochila solían salir siempre personajes curiosos: Pepe Carvalho, la familia Corleone, Philips Marlowe, Al Capone, el Inspector Clouseau y hasta la Pantera Rosa.
El lector
De bebé aprendió a leer el rostro de su madre, incluso algunas veces leyó sus labios. Luego vinieron los libros llenos de imágenes y colores. Las primeras sílabas le llevaron hasta las aventuras de Los Cinco, al flequillo de Tintín, a las fantasías de Verne. Durante la adolescencia leyó hasta en el baño, su intimidad la compartieron Isaac Asimov, y algunos personajes del Víbora; sus amores los decoró Neruda, su rebeldía Benedetti . Llegó a la universidad de la mano de los Marx -Groucho y Calos por supuesto-, releyó El Amor en los tiempos del cólera y más de alguna etiqueta negra con letras blancas donde buscar graduación. Los hijos le retornaron por las noches a los bosques encantados, a las princesas cautivadas y los espejos mágicos donde asomarse y ver la vida con anteojos. Finalmente, la vista se le cansó de prospectos, de contraindicaciones y de un mundo televisado que empezaba a resultarle desbordantemente extraño y distante; así fue como llegó a los clásicos.
Los últimos días de su vida se quedó sin fuerzas, muy a pesar suyo no pudo leer su epitafio.
Un par de sandalias rotas
Corrimos a esperar entre las dunas heridas el tiempo de cantar a la patria renacida. Sólo quedó el silencio el llanto más amargo la tortura del olvido.
Sólo quedaste tú mirando entre las sombras como quemaron la noche como prendieron la vida como entre tanta ceniza sigue la verdad dormida.
Préstame tus sandalias
déjame volver a oscuras
justo cuando salga el sol
pondré mi frente en la arena
la sangre que derramaste
será el agua más pura.
Déjame llorarte luego en el silencio que nos damos en los trazos de la luna en los escombros quemados allí donde tu pueblo vive allí donde tus sandalias quedaron.
Pasen y vean
A Carlitos no le gustaba el circo. Nunca entendió el significado de aquellas frases grandilocuentes que convertían ese espectáculo en algo fuera de serie.
Para él la mujer barbuda era su abuela, el payaso loco su hermano, el domador de fieras su padre; pero -sobre todo- la funambulista era su madre, ella sí que sabía de caminar por la cuerda floja, de hacer equilibrios constantes al borde del abismo.
Todas las noches, al apagar la luz de su cuarto, les aplaudía a rabiar.
Tardes de otoño en agua caliente.
y monotonías multiformes junto al sofá.
La noche cae de improviso, sin avisarme
y la lluvia comienza a empapar todos los sueños.
El Sr. del sexto de enfrente sigue fumando, una excusa como otra cualquiera para seguir viéndonos. Manolo lo hemos llamado, creo que un mes le queda de vida, la envidia lo está corroyendo por dentro, poco a poco, como cae la noche como se acaba esta infusión de tardes de otoño en agua caliente.


