Vestido con su traje de Aladín insistía mientras su madre, avergonzada, tiraba de su brazo para que la siguiera.
-¡Ábrete sésamo! ¡Ábrete! – le chillaba a la puerta.
Cuando consiguió sacarlo de la sucursal, todo volvió a la normalidad.
Nadie le había explicado que ahora los bancos tenían un sistema antirrobo que consistía en aperturas retardadas; así que ya no estaba, cuando por arte de magia, la puerta de la caja fuerte se abrió y muy despacio fueron saliendo cuarenta banqueros.
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