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Archivo de la categoría: Margullando en la realidad

mis reflexiones sobre la realidad.

Y ahora ¿qué?

Estamos indignados. No hay más que conectar el pabellón auditivo y escuchar. Nadie está conforme con  lo que pasa. Las redes sociales y las insociales bullen de espanto y de críticas. Nadie se cree ya lo del estado de bienestar, y el mal estar parece no tener cura.

Hemos reaccionado. Las plazas se ha llenado de personas y consignas. La imaginación y la utopía han teñido de colores los grises adoquines de la indiferencia. Las convocatorias, los llamados y las ciberacciones tienen respuesta. Pero el teléfono de los que tienen que escuchar, sigue apagado o fuera de cobertura.

Y ahora ¿qué? Cual es el siguiente paso. Cuantos campamentos de la dignidad más hay que montar para que algo empiece a cambiar. Ni las urnas sirven ya. Nadie se ha querido dar por enterado, ni de las reacciones, ni de la indignación.

Y ahora ¿qué? ¿Cuánto más tenemos que seguir esperando? ¿Otro mundo es posible? ¿Cuál será el próximo término? ¿olvídate de soñar, o no pasarán?

 

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Hormigas

Las hormigas van todas para el mismo lado. Siempre pensé que eran tontas, con la cantidad de huecos y caminos posibles, qué rutina, qué aburrimiento. Sin embargo ahora sé que lo hacen porque juntas pueden más. Buscan juntas, hallan juntas, recolectan juntas, construyen juntas y a veces mueren juntas.

 Nosotros no sabemos a donde vamos, pretendemos hacer de la vida una aventura y no paramos de perdernos, tiramos cada cual para un lado de la cuerda hasta romperla. Hemos puesto en el centro de los intereses nuestro ego, el poder del más fuerte nos ha vuelto antropófagos, terminamos enfermándonos porque todo nos sobrepasa. Finalmente morimos solos, tan solos como hemos vivido, tal vez sólo un triste recuerdo de la tribu.

 Últimamente comprendo mejor a las hormigas,
porque a ellas, sin duda, les va mejor.

 

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No te dejes engañar.

Lo peor no es que te mientan, sino que te dejes engañar.

Llevo algún tiempo pensando que Saramago tenía razón cuando afirmaba que vivimos en la era de la mentira. Nunca antes tuvimos más información, nunca antes tuvimos más a mano los medios, nunca antes la técnica había puesto a nuestro alcance tantas posibilidades para estar puntualmente informados y formados ante lo que ocurre; y sin embargo nunca la mentira cotizó tanto, nunca antes nos volvimos tan crédulos, tan pasmados ante los tejemanejes de los forjadores de opinión pública.

 Me asusta la impunidad de los mentirosos, me asusta vivir en un mundo de mentiras, en una sociedad donde en el mismo minuto tienes una información y su contraria sin que nadie se ruborice, sin que nadie contraste lo que se dice, y donde la mayoría no sepa a que atenerse, de quién fiarse.

 Por eso, la mayoría silenciosa -escandalosamente silenciosa- ha optado por consumir información sin digerirla, creemos lo que cree la mayoría, creemos lo que quieren que creamos los que dominan la opinión publicada sin hacer el más mínimo ejercicio de crítica, sin molestarnos demasiado en pensar por nosotros mismos. Consumimos información que nos indigesta, que nos envenena, que nos aliena sin ni si quiera darnos cuenta de que luego, nos distraen con el circo de la realidad para que nos olvidemos de hacer bien la digestión de lo que está ocurriendo.

 Y lo peor no es esto, siendo ya un drama para nuestra libertad y nuestra dignidad, lo peor es que cuando se descubre la mentira -porque afortunadamente se sigue cogiendo antes a un mentiroso que a un cojo- la verdad no nos escandaliza, no hace que reaccionemos y exijamos justicia, reparación y cambios de rumbo. Nos olvidamos de la verdad tan pronto como hemos aceptado la mentira.

 Irak y sus armas de destrucción masiva, las guerras preventivas como excusas del neocolonialismo, la defensa de la libertad, la justicia, los derechos humanos y la democracia como excusas para hacernos con el control geoestratégico del planeta; la crisis económica como el mal necesario para recortar derechos y libertades tan duramente alcanzados; la resignación al status quo de la pobreza para sostener el bien-estar de unos pocos en el planeta; la insostenibilidad medioambiental como mal necesario del consumismo atroz del que es imposible desprendernos, el miedo en el que nos han instalado para que nadie se mueva lo más mínimo… Tengo tantas sospechas de tantas mentiras…

 Pero lo peor no es que te mientan, sino que te dejes engañar sin hacer nada, resignado a que nada se puede cambiar, y ya ni si quiera nos dejen la capacidad de indignarnos.

 

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2 de abril, Día Internacional del Autismo

Los días internacionales son para eso, para hacer visibles -aunque sea por un día- a los invisibles. Entre hoy y mañana se hablará de ellos, sin nombres claro, pero la sociedad se percatará por un instante que están ahí Jovany, Estela, María, Jorge, Damián, Alejandro… Son más de 50.000 en España, pero son invisibles para la mayoría. Mañana, al oír las noticias alguien recordará una película o un documental sobre ellos, los más afortunados recordarán al hijo o hija de unos amigos, al niño que conocieron una vez en el parque, o en el colegio, a un vecino, algún político o técnico de servicios sociales recordará un caso, pensará en esa familia, alguien quizás esbozará una mueca de lástima o complicidad.

Pero por desgracia, pasado mañana volverán a ser tan invisibles como antes, y cuando se hayan marchado todos, ahí seguirán las familias, igual de solas, igual de ignoradas, igual de perdidas que sus hijos e hijas. Siento ser tan pesimista, pero es así; conozco este tema desde hace 16 años ¡hemos avanzado tan poco!

Dicen que las personas con autismo presentan tres déficit fundamentales las dificultades para interacción social, los problemas de comunicación y la inflexibilidad. Si lo traduzco a nuestra sociedad tengo que volver a afirmar que nuestra sociedad es más autista que ellos; es inflexible, no sabe escuchar y la integración es una mentira.

 Alejandro quiere ser mayor, lo desea con todas sus fuerzas, va por ahí preguntando a todo el mundo su edad y se preocupa por establecer los límites entre ser niño, joven, un señor o alguien “colosal”. No sé muy bien por qué quiere crecer tan rápido. Sin embargo, yo también comienzo a desearlo, a ver si así de una puñetera vez deja de ser sólo visible a nuestros ojos.

 

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Seis meses

-¡No pasa nada, por favor! ¡Ya está!  Me dijo ayer mientras pasaba la crisis.

Yo volví a cruzar los dedos.

¡Qué poco dura la esperanza! Seis meses exactamente. Aunque la puerta sigue abierta.

Llevamos unos meses esperando, esperando que lo que está siendo no volviera a ser.  Aferrados a lo pasajero, a las secuelas de otra navidad imposible, de un tiempo de crisis esporádicas y mucho más controlables. Pero parece que vuelven los fantasmas, las angustias de las siete de la tarde, el miedo a que suene el móvil a deshoras, a tener que empezar un camino ya demasiadas veces transitado.

 Se me vuelve a perder su mirada a ratos, y ya ni el mar nos consuela, vuelve a tener miedo y yo con él.

¿Qué hacer ahora? ¿Dónde poner la esperanza? ¿Volver a Madrid? ¿Reabrir el diario de la esperanza? ¿Volver a los despachos? ¿Resistirnos hasta que no nos quede más que volver a la planta sexta?

 Seguimos donde estábamos, o casi, y aunque nos habían avisado que esto podía ocurrir, creímos que el milagro era para siempre, y sólo nos duró seis meses.

 

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El sentido del horror

La mejor terapia para los tiempo que corren debe ser el sentido del humor. Nada nuevo. A mal tiempo buena cara. Algunos de mis alumnos y alumnas, me reciben siempre con un: “Profe, un chiste”. Con el humor me los gané cuando peor nos iba.

Crisis, deshumanización, tragedias naturales y sociales, corrupción, relativismo ético, perdida del sentido, fracaso social… ¿Dónde escondimos la felicidad? ¿cuándo se instaló en nosotros esta terrible sensación de abismo, este inagotable sentido del horror?

Necesito que alguien me cuente un chiste.

 

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No te olvides que los primeros en levantarse fueron los saharauis.

 Los procesos históricos están llenos de héroes, de profetas, de pueblos que se convierten en protagonistas y testigos para la humanidad.

 Posiblemente en estos días estamos asistiendo a una auténtica revolución, o a varias; y una vez más, son los más humildes, los más sencillos, los desheredados, los parias, los que están poniéndolo todo para que algo cambie. El nuevo orden internacional, el escenario de la posglobalización  lo están diseñando las gentes del sur.

 Bolivia, Venezuela, Brasil, Túnez, Egipto… la ola está creciendo y el tsunami del hartazgo está llegando a las costas donde los potentados del planeta creían que gozarían de sol y playa para siempre.

 Los grandes organismos internacionales, las viejas democracias, los valedores de la libertad están temblando y no saben por cuanto tiempo más podrán seguir callando; pero no será por mucho tiempo, dentro de poco querrán hacerse una foto, querrán decir que ellos están con lo pueblos, que se alegran -con una mueca extraña- de que los pueblo, al fin, se hayan liberado de los dictadores que ellos les pusieron, a los que le estrechaban las manos y les daban besos hace unos meses y ahora les tienen que dictar órdenes internacionales de búsqueda y captura. ¡Qué hipocresía tan grande!

Cuando lleguen ese momento, cuando lleguen las fotos,  los discursos para la historia, las nuevas alianzas; cuando llegue la desvergüenza, espero que nadie se olvide, que todos ellos callaron y miraron para otro lado. Y que tampoco olviden, que el Sáhara se levantó primero.  

 

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LA QUE ESTÁ CAYEDO

 

Nos estamos quedando helados, pero no por esta alerta meteorológica, sino por la borrasca del sin sentido que se extiende por el norte.

 Cuando azota el viento, cuando el agua cae a mansalva, cuando no cesan los trueno y relámpagos, los gobiernos declaran alertas y nos dejan a todos en casa, con las ventanas cerradas y abrigados al calor de nuestros sofás, nuestro televisor, nuestro Barça-Madrid, nuestro Gran Hermano y todas las demás Norias.

 Mientras, en la calle llueve. Llueve sin tino sobre todo lo que hemos ido construyendo, sobre las calles que en otros tiempo ganamos para la libertad, para la dignidad, para la sociedad del bienestar y del progreso.

 No veo un carajo desde mi ventana, todo está nublado y el viento helado no me permite permanecer a la intemperie.

¿Dónde se cargaron estas nubes de tanta lágrima? ¿Dónde los truenos de tan rabia contenida? ¿Dónde los gritos de tanto torturado se tornaron viento huracanado?…

 Mañana, las crónicas sólo hablarán de ese partido sin saber,  de verdad, lo que realmente nos estamos jugando, con la que está cayendo.

 

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¿Qué nos está pasando?

 

Posiblemente sea un alzhéimer social, una especie de pesadilla que nos aturde los sentidos e impide que veamos con claridad, aunque todos los focos nos indiquen el camino.

 Qué nos está pasando, para que sigamos prefiriendo la mentira a la verdad, los intereses a los principios, la barbarie a la fe en el ser humano, la angustia a la esperanza, los vetos a la justicia… ¿Qué nos está pasado?

 Cómo enseñar historia a las nuevas generaciones sin sonrojarnos. Cómo explicarles los errores del pasado, cuando seguimos reproduciéndolos. Cómo explicarles que la ONU es un teatro, una mentira; que los derechos humanos son una entelequia, el discurso de mentiras disfrazadas de bondad de unos pocos para ellos mismos. Cómo explicarles que los campos de concentración siguen existiendo a pesar de todo. Cómo hablarles de progreso si siguen contemplado barrios, ciudades, países, continentes donde la exclusión, la pobreza, el hambre, las enfermedades, la falta de las más elementales libertades, la injusticia, la falta de dignidad, las guerras… siguen siendo el presente y el futuro de tantos y tantos seres humanos.

 Qué nos está pasando, para que un joven sea capaz de decir: “mientras no me pase a mí” y desconecte del mundo exterior hasta que aporreen su puerta. Qué nos está ocurriendo para que un gobernante sea capaz de decir: “mientras no tengamos información” y desconecte del mundo hasta que alguien aporree su puerta o haga tambalear sus cimientos.

 Qué es lo que hemos hecho, para que ya nada valga, para que la dignidad no tenga precio y la ignominia cotice en bolsa. Para que los ladrones de guante blanco y los verdugos a cara descubierta campen a sus anchas, mientras los pobres se mueren de asco rescatando déficit ajenos y los muertos no hablen, pero nos sigan interrogando.

 

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LOS MUERTOS NO HABLAN

Los muertos no hablan, no pueden, su voz se ahoga en el silencio y la noche.

 No pudieron hablar los muertos de los campos de exterminio Nazi, pero su sangre derramada clamó al mundo tras el holocausto. Sus voces ahogadas nos hicieron decir, a nosotros, los que quedamos vivos: ¡nunca más! No volveremos a permitir que las ansias de grandeza, el poder de la fuerza, la intolerancia y el racismo, condenen a la humanidad a un nuevo horror, a un retroceso en la lucha y la defensa de la dignidad de todo ser humano.

No pudieron hablar los muertos en Palestina a manos de los hijos y los nietos de aquellos otros muertos. Y la sinrazón volvió a teñirse de argumentos execrables para seguir exterminando. Y el odio se volvió pasaporte, y la venganza se tiño de esperanza, y todo lo que nos habíamos prometido se disfrazó de mentiras. Tendimos la mano a la victimas y las victimas se pasaron al bando de los verdugos; y volvió el silencio y la noche.

No pudieron hablar los muertos de todas las guerras inciviles, los que dictadores insaciables -apadrinados por demócratas del mercado- hicieron desaparecer en cunetas y fosas comunes. No pueden hablar los muertos de las minorías étnicas, los que fueron enterrados en selvas, en minas, en tugurios inhumanos para que nosotros tuviéramos lujos, los que alimentaron con su sangre las guerras que nosotros necesitábamos.

No pudieron hablar los muertos en Bosnia, en el Kurdistán, en el Myanmar, en Sierra Leona, en el Congo, en Chile o Argentina, en España…

Los muertos no hablan, pero al poco tiempo, cuando hacemos memoria, taladran nuestra mente, gritan nuestras vergüenzas, escupen de dolor sobre nuestras miserias.

Luego, cuando es ya tarde,  creamos comisiones, redactamos declaraciones de intenciones futuras, tratamos de compensar lo incompensable, creamos días para recordar, venerar y rendir culto a esos muertos que no hablan, pero que se revuelven en sus tumbas por nuestra hipocresía.

Los muertos en el Aaiún, son como los demás muertos, tampoco hablan, no pueden, estamos ahogando su voz en el silencio y la noche ¿o no?

 

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