Archivo de la etiqueta: Crisis de Valores
No te dejes engañar.
![arma-de-manipulacion-masiva[1]](http://margullando.files.wordpress.com/2011/05/arma-de-manipulacion-masiva1.jpg?w=240&h=238)
Lo peor no es que te mientan, sino que te dejes engañar.
Llevo algún tiempo pensando que Saramago tenía razón cuando afirmaba que vivimos en la era de la mentira. Nunca antes tuvimos más información, nunca antes tuvimos más a mano los medios, nunca antes la técnica había puesto a nuestro alcance tantas posibilidades para estar puntualmente informados y formados ante lo que ocurre; y sin embargo nunca la mentira cotizó tanto, nunca antes nos volvimos tan crédulos, tan pasmados ante los tejemanejes de los forjadores de opinión pública.
Me asusta la impunidad de los mentirosos, me asusta vivir en un mundo de mentiras, en una sociedad donde en el mismo minuto tienes una información y su contraria sin que nadie se ruborice, sin que nadie contraste lo que se dice, y donde la mayoría no sepa a que atenerse, de quién fiarse.
Por eso, la mayoría silenciosa -escandalosamente silenciosa- ha optado por consumir información sin digerirla, creemos lo que cree la mayoría, creemos lo que quieren que creamos los que dominan la opinión publicada sin hacer el más mínimo ejercicio de crítica, sin molestarnos demasiado en pensar por nosotros mismos. Consumimos información que nos indigesta, que nos envenena, que nos aliena sin ni si quiera darnos cuenta de que luego, nos distraen con el circo de la realidad para que nos olvidemos de hacer bien la digestión de lo que está ocurriendo.
Y lo peor no es esto, siendo ya un drama para nuestra libertad y nuestra dignidad, lo peor es que cuando se descubre la mentira -porque afortunadamente se sigue cogiendo antes a un mentiroso que a un cojo- la verdad no nos escandaliza, no hace que reaccionemos y exijamos justicia, reparación y cambios de rumbo. Nos olvidamos de la verdad tan pronto como hemos aceptado la mentira.
Irak y sus armas de destrucción masiva, las guerras preventivas como excusas del neocolonialismo, la defensa de la libertad, la justicia, los derechos humanos y la democracia como excusas para hacernos con el control geoestratégico del planeta; la crisis económica como el mal necesario para recortar derechos y libertades tan duramente alcanzados; la resignación al status quo de la pobreza para sostener el bien-estar de unos pocos en el planeta; la insostenibilidad medioambiental como mal necesario del consumismo atroz del que es imposible desprendernos, el miedo en el que nos han instalado para que nadie se mueva lo más mínimo… Tengo tantas sospechas de tantas mentiras…
Pero lo peor no es que te mientan, sino que te dejes engañar sin hacer nada, resignado a que nada se puede cambiar, y ya ni si quiera nos dejen la capacidad de indignarnos.
El sentido del horror
La mejor terapia para los tiempo que corren debe ser el sentido del humor. Nada nuevo. A mal tiempo buena cara. Algunos de mis alumnos y alumnas, me reciben siempre con un: “Profe, un chiste”. Con el humor me los gané cuando peor nos iba.
Crisis, deshumanización, tragedias naturales y sociales, corrupción, relativismo ético, perdida del sentido, fracaso social… ¿Dónde escondimos la felicidad? ¿cuándo se instaló en nosotros esta terrible sensación de abismo, este inagotable sentido del horror?
Necesito que alguien me cuente un chiste.
LA QUE ESTÁ CAYEDO
Nos estamos quedando helados, pero no por esta alerta meteorológica, sino por la borrasca del sin sentido que se extiende por el norte.
Cuando azota el viento, cuando el agua cae a mansalva, cuando no cesan los trueno y relámpagos, los gobiernos declaran alertas y nos dejan a todos en casa, con las ventanas cerradas y abrigados al calor de nuestros sofás, nuestro televisor, nuestro Barça-Madrid, nuestro Gran Hermano y todas las demás Norias.
Mientras, en la calle llueve. Llueve sin tino sobre todo lo que hemos ido construyendo, sobre las calles que en otros tiempo ganamos para la libertad, para la dignidad, para la sociedad del bienestar y del progreso.
No veo un carajo desde mi ventana, todo está nublado y el viento helado no me permite permanecer a la intemperie.
¿Dónde se cargaron estas nubes de tanta lágrima? ¿Dónde los truenos de tan rabia contenida? ¿Dónde los gritos de tanto torturado se tornaron viento huracanado?…
Mañana, las crónicas sólo hablarán de ese partido sin saber, de verdad, lo que realmente nos estamos jugando, con la que está cayendo.
¡Qué viene el Papa!

Cuando éramos chicos nos decían: “¡qué viene el coco!” y con ello pretendían asustarnos, a veces lo conseguían.
Ayer me entretuve en cuantificar el impacto mediático del viaje de Benedicto XVI este fin de semana a España, y ciertamente pensé que ojalá los medio dedicaran el mismo tiempo a otras noticias.
Lo cierto es que no me declaro nada fan de cualquier parafernalia pública en la que se inviertan muchos esfuerzo y dinero en agasajar, pasear, invitar e “idolatrar” a ninguna figura pública. Pero también me molesta la hipocresía cuando determinadas noticias, instituciones o personalidades se usan como cortinas de humos; mientras ,por entre las rendijas de nuestras conciencias, se cuelan otras cosas tanto o más escandalosas.
Es cierto que Benedicto XVI no tiene el tirón mediático o de masas que tuvo su antecesor, quizás sólo por eso no se cuestionaban tanto los numerosos viajes de Juan Pablo II. Es cierto que cualquier visita de cualquier mandatario internacional requiere una organización, una seguridad, unos gastos de protocolo. Es cierto que esta visita tienen un carácter más social que privado, y que requiere una mayor inversión en infraestructura, pero no menos que cualquier pequeño evento deportivo, musical o de festividad pública. Es cierto que en estos tiempos de crisis, entre otras instituciones, la Iglesia debería dar más signos de austeridad y hacerlos públicos.
No voy a negar que la Iglesia vive momentos de baja popularidad, pero no por ello debemos perder el norte y no darnos cuenta de que se le utiliza como muñeco de “pin pan pun” cuando interesa y conviene mediáticamente. Hay muchas cosas que pueden ser criticables de ella, pero indudablemente de las que casi nunca se habla es de las que si hace bien, de las lagunas sociales que cubre, de sus corrientes de solidaridad, de sus espacios asistenciales, de la cantidad de obras de cooperación y desarrollo social que sostiene, del apoyo a movimientos sociales, vecinales, culturales… Esa también, y sobre todo, es la Iglesia de Jesucristo.
Los que me conocen saben que no soy un defensor sin más de la institución -los que nos consideramos creyentes debemos ser nuestros mayores críticos- sin embargo, en este y otros temas me molesta la hipocresía. La hipocresía de una sociedad que se dice laica, pero que sigue demandando sacramentos en los que no creen. De una sociedad que vincula y defiende sus signos de identidad en el marco de unas celebraciones y conmemoraciones religiosas. La hipocresía de aquellos que ponen el grito en el cielo -nunca mejor dicho- ante los dispendios de esta visita, cuando cada semana gastamos millones de euros del contribuyente en eventos deportivos, en telebasuras, en propaganda política, en fuegos de artificio…
Mientras que las noticias y las tertulias avisan “¡qué viene el coco!” se olvidan – y quieren que nos olvidemos-, o demos poca cobertura, a cosas que a mi me parecen más preocupantes y que me asustan más:
España negocia la venta de más de 200 carros de combate a Arabia Saudí
El contrato supera los 3.000 millones y será el mayor de la historia española
El PSC denuncia que la asistencia política y técnica a Rivero pase de dos a 33 millones
Los acampados de Gdeim Izik piden el derecho del pueblo saharaui a la autodeterminación
La banca española obtendrá beneficios en 2009 y 2010 pese a la crisis
Más de 400 muertos en Haití por cólera
…
Claro que a mí me gustaría que se debatiera más de estas cosas. Claro que a mí me gustaría también, que incluso el papa, hablara más de estas cosas.
“El cielo para unos pocos, y el infierno, en diferentes grados, para la mayoría.” Joan Arnau
Los olvidados en San José
Todos los focos y las buenas intensiones se centraron en aquel hueco que se abrió para la esperanza. Ahora, que las luces y las cámaras se apagan, me pregunto qué ocurriría si empleáramos la misma atención, las mismas intenciones, los mismos esfuerzo en sacar del pozo a todos los que a diario se hunden más y más en las profundidades del olvido.
Aporías de la nueva década (y 3)
VICENTE VERDÚ 23/01/2010 En El Pais.com
La tercera aporía o problema sin “visible” solución tiene lugar en el espacio de la educación. Un campo tan principal como mal labrado y cultivado.
Unos y otros, intelectuales y políticos en vigor, formados en la vieja cultura del “capitalismo de producción”, señalan dos males capitales en los alumnos que les condenan al fracaso y la lasitud.
Uno es el de “la falta de espíritu de sacrificio”, de la ética del esfuerzo y toda la retahíla que denuncia la ausencia de abnegación. El otro mal, también muy subrayado, se refiere al caos del aula consecuencia del poco o nulo respeto que se presta a la autoridad del maestro.
Contra el primer déficit -”falta de sacrificio”- no se ha emprendido acción concreta alguna, pero contra el segundo, la Comunidad de Madrid ha decidido considerar al profesor como “autoridad pública” y aumentar así la gravedad de las penas que recaigan sobre quien lo insulte o agreda.
Antes de esta última medida, el Gobierno de Esperanza Aguirre pensó incluso en reinstalar tarimas en las aulas como modo de escenificar la superioridad del docente y su figura sagrada.
Sobre los resultados de la llamada Ley de Autoridad del Profesor, todavía en fase de proyecto, podría ya anticiparse que no resolverán nada esencial. La razón es que los dos factores demonizados (falta de espíritu de sacrificio en el alumnado, falta de respeto a la autoridad del profesor) se corresponden con dos pilares culturales del puro espíritu de nuestro tiempo y no son, como se piensa, lacras o virus a combatir.
Si los muchachos no muestran espíritu de sacrificio y sí, por el contrario, reclamación de recompensas antes de haberse esforzado, es porque reproducen el espíritu mismo de la prosperidad en la cultura de consumo donde primero se obtiene la cosa y luego llegan los pagos, donde primero se recibe el piso o el goce y luego aparecen los efectos secundarios.
Exigir penalidades antes de obtener el paraíso fue la ecuación religiosa que inspiró el éxito del “capitalismo de producción”: primero se ahorraba a través de privaciones y después se adquiría, al contado, la cosa.
La cultura de consumo invirtió esta ecuación y las mismas leyes sobre educación que permiten pasar de curso sin haber aprobado varias asignaturas son uno de sus correlatos. Primero el ascenso de grado y, más tarde, los duros efectos secundarios.
A las asignaturas se las llama aún “disciplinas” como efecto de pertenecer históricamente al universo del dolor. Pero ese mundo en que el dolor, o el ahorro o la represión sexual, tenían sentido es ya un mundo acabado.
Tan acabado como el invocado respeto a la autoridad. Todas las instituciones y sus máximos representantes, desde la política a la Iglesia, desde los bancos a los medios de comunicación, se hallan desacreditados. Respetar a la Autoridad se contradice con este desprestigio al que contribuye no sólo la escandalosa corrupción de las autoridades sino el auge del poder en red.
La generación Internet se ha formado en la participación y la interacción, no en la obediencia a un jefe. Los líderes en la red lo son por su capacidad de emulación y el grupo (también en las empresas, también en la ciencia) se constituye en fuente de intercambio de saber. No es un faraón del conocimiento quien imparte doctrina sino que la doctrina o el conocimiento se realizan en cooperación: en la propuesta y su cola de correcciones. Quien no entienda esto será presa del pasado. Más pegajoso que instructor, menos sabio que impertinente.
Los límites del espectáculo.
Cuál será el límite del espectáculo, cuando alguien alzará la voz para decir hasta aquí.
El escándalo lo convertimos en circo, y al circo lo devoran las fieras.
Qué más debe ocurrir para que nos demos cuenta, de que ya hace decenios que tocamos fondo; cuántas victimas más para levantar los cimientos de una nueva humanidad.
A veces me ocurre como a Mafalda, miro el mundo y no me encuentro, no lo reconozco. Veo los noticieros y debo frotarme los ojos para asegurarme que realmente está pasando, y me lo están contando.
Acampamos en plazas y declaramos los aeropuertos zonas liberadas; mientras en la periferia de los sueños agoniza la paz….
Cuál será el limite de este espectáculo, cuando caerá el telón de la vergüenza y se alzará el de la dignidad.
Señor, ¡Que Vea!
Buenos días Canarias:
No hay mayor ciego que el que no quiere ver.
Y el problema es que son muchas las cosas que hay que mirar con profundidad para no estar ciego.
Todos hemos jugado alguna vez a cerrar fuerte los ojos e imaginarnos, aunque sea por un rato, aunque sea hasta el primer tropiezo, la destreza que tendríamos si fuéramos ciegos. Normalmente terminamos abriendo los ojos cuando intuimos algún obstáculo inminente, o cuando la angustia de no saber qué puede pasarnos nos obliga a mirar. Cuando hemos hecho esto, hemos tenido la suerte de que sólo fuera jugando, de saber que era una situación generada por voluntad propia y tan efímera como nosotros quisiéramos.
Sin embargo, hay mucha gente que de verdad no puede abrir sus ojos.
Pero hoy no me voy a referir a los invidentes físicos, es a otra ceguera a la que me quiero referir.
Verán, seguro que también les ha ocurrido, en alguna ocasión, escuchar hablar a alguien, o leer en un libro, o ver en alguna pantalla a alguna persona que de repente con lo que dice hace que se enciendan todas las luces, que comprendamos de golpe cosas que hasta ese momento estaba ocultas para ti. La sensación en ese momento es como la del ciego que por un milagro comienza a ver.
Últimamente, y con esto de la crisis, me pasa mucho esto. Se multiplican los foros, las jornadas, las conferencias, las tertulias o reportajes que dejan al descubierto la mentira en la que vivimos; y a mí me pasa que me voy dando cuenta de cosas que hasta ahora, o no les había prestado tanta atención, o simplemente pasaban desapercibidas para mí.
Y entonces el entramado de corruptelas, las falacias del mercado, la ingeniería financiera, los intereses creados, las guerras fraudulentas, los anuncios de que fuera del capitalismo no hay salvación, los enredos para llegar a ninguna parte, el futbol y los reality show como opio del pueblo, el mercadeo de sentimientos, la crónica anunciada de la muerte del planeta, … me hacen ver, que la enfermedad del siglo XXI no es el sida, ni la depresión, ni nada vascular, nuestro problema es esta maldita ceguera que nos paraliza.
Por eso, cada día que me doy cuenta de algo nuevo, vuelvo a mirar al cielo y exclamo: Señor, ¡que vea!
La verdad se impone poco a poco…
Cómo gestionar las mentiras, cómo la rabia al saber que la verdad no es lo que te contaron, sino una lluvia engañosa que provoca más bochorno.
Cómo no hacerse responsable de esos largos silencios, de la falta de coraje, del mirar a otros lados; mientras la verdad se va imponiendo poco a poco.



