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“¡Ya soy mayor de 16!” Ale cumple años.

Hay veces que uno desea que aquello de soplar velas y que se cumplan de golpe todos los deseos, más que una tradición, sea un dogma.

Hay veces que uno desea, más que nada, poner un punto y final a una etapa de la vida, y parece que ella misma te invita a hacerlo.  Qué duro, cuando al cabo de un tiempo, te das cuenta que sólo eran puntos suspensivos.

 Estaba tan seguro, que por navidades, antes de que retornaran las crisis, le regalé, a los más cercanos, un libreto que titulé “Puentes de Silencio”. En él recopilé todo lo que hasta la fecha había escrito sobre Alejandro. Fue como la necesidad de pasar página definitivamente. Los días de vacaciones de Navidad, mientras él comenzaba a recaer, yo me empeñaba en terminarlo con la premura del que sabe que el tiempo se acaba, como un naufrago se aferra a su tabla antes incluso de que el barco zozobre.

 Ayer vino a la casa David, es de esas personas que te gustaría conocer en otro contexto; comprensivo, atento, preocupado. Es un médico del 112, ya estuvo en etapas anteriores por aquí. Su mueca, al abrirle la puerta, indicaba que él también hubiera deseado no encontrarse con nosotros más en estas circunstancias. Atendió a Ale con toda la dulzura que le caracteriza y luego nos confesó, que por la mañana se había acordado de él, que habían ido a atender un caso similar y que de repente se le vino a la cabeza cómo le habría ido a aquella familia y a aquel niño que hacía tiempo que no tenían que socorrer.

Horas antes se había cumplido el último y más obsesivo deseo de Ale, ¡cumplir 16! Pero desde luego no fue la fiesta que todos y él habíamos soñado. Desde el sábado no sabía si reír o si llorar, si dar un portazo o lanzase sobre alguno de nosotros. Volver a empezar. “Me porté mal como antes” repetía, como queriendo pedirnos perdón y a la vez anunciarnos que ya le volvía a ser imposible controlar sus miedos, sus obsesiones, su ansiedad, sus angustias, su dolor, su vida…

Hasta ayer creo que me resistía a pensar que tenía que reabrir de nuevo estas páginas,usar nuevamente estas etiquetas; una resistencia muy profunda a tener que volver a las andas. Cada día esperando el comienzo de algo mejor, de volver al verano. Es cierto que desde aquel 13 de agosto han habido días maravillosos y todo estaba siendo mucho más controlable; pero se nos ha vuelto a romper la esperanza.

Ahora toca comenzar de nuevo, es un camino ya recorrido y eso lo hace un poco más previsible y menos oscuro; pero es igual de duro, o quizás más. Estamos en él, empujando como siempre para llegar lo más pronto posible de nuevo a la luz, para poder poner otro punto -ya no lo voy a apellidar- y cerrar un nuevo capítulo de este diario de esperanza.

 

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Seis meses

-¡No pasa nada, por favor! ¡Ya está!  Me dijo ayer mientras pasaba la crisis.

Yo volví a cruzar los dedos.

¡Qué poco dura la esperanza! Seis meses exactamente. Aunque la puerta sigue abierta.

Llevamos unos meses esperando, esperando que lo que está siendo no volviera a ser.  Aferrados a lo pasajero, a las secuelas de otra navidad imposible, de un tiempo de crisis esporádicas y mucho más controlables. Pero parece que vuelven los fantasmas, las angustias de las siete de la tarde, el miedo a que suene el móvil a deshoras, a tener que empezar un camino ya demasiadas veces transitado.

 Se me vuelve a perder su mirada a ratos, y ya ni el mar nos consuela, vuelve a tener miedo y yo con él.

¿Qué hacer ahora? ¿Dónde poner la esperanza? ¿Volver a Madrid? ¿Reabrir el diario de la esperanza? ¿Volver a los despachos? ¿Resistirnos hasta que no nos quede más que volver a la planta sexta?

 Seguimos donde estábamos, o casi, y aunque nos habían avisado que esto podía ocurrir, creímos que el milagro era para siempre, y sólo nos duró seis meses.

 

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SAHARAUIS, SOLEDAD Y TRISTEZA

Bachir Ahmed en su blog Karma Saharauia

Si yo fuese poeta y tuviera un desengaño amoroso, quizá tendría que empezar escribiendo: Hoy me siento muy triste, ella me ha abandonado por otro y me ha dejado perdido en la inmensidad de una realidad que desconozco. Ahora serán otros labios los que besen los suyos, otras manos la que acaricien su cuerpo, otros ojos los que miren su corazón. Ella será feliz y yo lamentaré su pérdida, aunque nadie podrá arrancármela del corazón; ni ella misma. Hoy me siento solo y triste.

Todo eso y mucho más escribiría hoy, pero no soy poeta, aunque mi corazón este desgarrado de dolor.

Tengo la mirada perdida y mis ojos en la lejanía solo ven terror, barbarie y sangre. Oigo gritos lejanos que me piden ayuda que no puedo dar. Mis ojos se cubren de lágrimas y la impotencia me acobarda, me destruye, me desgarra las entrañas. Mis hermanos me llaman y yo los oigo, los siento y mi mano no llega a ellos. El humo me ciega, me hace llorar pero me niego a cerrar los ojos. Los mantengo abiertos, y a través de mis lágrimas veo  imágenes que me impactan; niños que lloran, mujeres que sangran, ancianos que huyen y hombres que mueren.

Me niego a ser impasible ante el criminal, reniego del pacifismo estúpido y amoral que se utiliza para subyugar al más débil. Vomito mi rabia con la mirada ante la atadura de lo correcto y me convierto en esclavo del mundo real. El mundo que mira para otro lado, el que permite la muerte de niños inocentes, el que asesina mujeres embarazadas, el que desprecia la dignidad.

Me niego a pertenecer a ese mundo irreal e inhumano, lo denuncio y lo desprecio. Le doy la espalda y escupo sobre sus estúpidas leyes ignominiosas y marrulleras.

No acepto la paz de los poderosos. Aquellos que con la sonrisa en los labios asesinan a escondidas, torturan y violan los derechos más elementales. Los que venden armas para aplastar la rabia contenida de los pueblos. Los que tienen talante pero no tienen talento.

Saco de lo más profundo de mi alma el recuerdo de los compañeros muertos, torturados, humillados y despreciados para que mi grito rebelde sea permanente. Digo alto y fuerte: ¡Me niego a aceptarlo!

Mi mirada será más triste, mi sonrisa apenas será una mueca, mientras persista en mi mente el sufrimiento de los miles de compatriotas que sufren diariamente las injusticias.

Reniego del hecho consumado y me uno al grito desgarrador de los jóvenes de mi tierra. Pido armas para no morir de rodillas, para defender mi dignidad; para que  nuestras mujeres sepan que sus hijos morirán con la cabeza alta, mirando al cobarde enemigo a los ojos. Que  la muerte no es muerte si está en juego mi dignidad. No quiero morir acorralado sin posibilidad de defensa, quiero hacerlo en libertad, a la luz del sol o al abrigo de las estrellas de mi desierto.

Basta ya de intereses de estado, de alabar tiranías, de esclavitud consentida, de derechos inhumanos, de venta de armas, de expolio, de torturas, de desapariciones, de realidades irreales.

Basta ya de injusticias, de palabras vacías, de mentiras piadosas, de mercadeo con nuestro destino. No deseo referéndum, ni autodeterminación, ni que otros decidan por mi, mi destino lo elijo yo. Pedir libertad me ha convertido en un delincuente, en un refugiado, en un sin tierra, en un nadie.

No negocio mi muerte, ni acepto estrechar la mano tendida y ensangrentada del asesino de mis hermanos. Desprecio el politiqueo barato de soluciones inciertas. Aborrezco la vileza de las declaraciones interesadas, donde la vida humana está por debajo de los intereses comerciales. Denuncio el servilismo y la corrupción, el besamanos y el miedo, la esclavitud y el racismo.

Admiro a la gente, a los que salen a la calle y reclaman, a los que se oponen, a los que no aceptan, a los que denuncian, a los que te abrazan. Amo a mis mujeres, a mis ancianos, a mis hombres, a mis niños, en definitiva, amo la vida.

 Mi dignidad es sagrada, por eso hoy se ha roto algo en mi interior. Ya no soy el mismo. Mi existencia es más triste y efímera. Ya he dejado ser yo y soy nosotros.  Tengo la mirada triste de los hombres, el llanto contenido de las madres y las lágrimas de los niños del Sahara.

No soporto tanta impunidad. Hoy me duele el alma y me siento solo y triste.

14 de febrero de 2010 – 35 años del Acuerdo Tripartito de Madrid

 

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