Hay veces que uno desea que aquello de soplar velas y que se cumplan de golpe todos los deseos, más que una tradición, sea un dogma.
Hay veces que uno desea, más que nada, poner un punto y final a una etapa de la vida, y parece que ella misma te invita a hacerlo. Qué duro, cuando al cabo de un tiempo, te das cuenta que sólo eran puntos suspensivos.
Estaba tan seguro, que por navidades, antes de que retornaran las crisis, le regalé, a los más cercanos, un libreto que titulé “Puentes de Silencio”. En él recopilé todo lo que hasta la fecha había escrito sobre Alejandro. Fue como la necesidad de pasar página definitivamente. Los días de vacaciones de Navidad, mientras él comenzaba a recaer, yo me empeñaba en terminarlo con la premura del que sabe que el tiempo se acaba, como un naufrago se aferra a su tabla antes incluso de que el barco zozobre.
Ayer vino a la casa David, es de esas personas que te gustaría conocer en otro contexto; comprensivo, atento, preocupado. Es un médico del 112, ya estuvo en etapas anteriores por aquí. Su mueca, al abrirle la puerta, indicaba que él también hubiera deseado no encontrarse con nosotros más en estas circunstancias. Atendió a Ale con toda la dulzura que le caracteriza y luego nos confesó, que por la mañana se había acordado de él, que habían ido a atender un caso similar y que de repente se le vino a la cabeza cómo le habría ido a aquella familia y a aquel niño que hacía tiempo que no tenían que socorrer.
Horas antes se había cumplido el último y más obsesivo deseo de Ale, ¡cumplir 16! Pero desde luego no fue la fiesta que todos y él habíamos soñado. Desde el sábado no sabía si reír o si llorar, si dar un portazo o lanzase sobre alguno de nosotros. Volver a empezar. “Me porté mal como antes” repetía, como queriendo pedirnos perdón y a la vez anunciarnos que ya le volvía a ser imposible controlar sus miedos, sus obsesiones, su ansiedad, sus angustias, su dolor, su vida…
Hasta ayer creo que me resistía a pensar que tenía que reabrir de nuevo estas páginas,usar nuevamente estas etiquetas; una resistencia muy profunda a tener que volver a las andas. Cada día esperando el comienzo de algo mejor, de volver al verano. Es cierto que desde aquel 13 de agosto han habido días maravillosos y todo estaba siendo mucho más controlable; pero se nos ha vuelto a romper la esperanza.
Ahora toca comenzar de nuevo, es un camino ya recorrido y eso lo hace un poco más previsible y menos oscuro; pero es igual de duro, o quizás más. Estamos en él, empujando como siempre para llegar lo más pronto posible de nuevo a la luz, para poder poner otro punto -ya no lo voy a apellidar- y cerrar un nuevo capítulo de este diario de esperanza.



