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Diario de una esperanza (VI)

Antes de ayer, cuando salía de la visita a Alejandro, me tropecé en la puerta a una señora muy mayor que lloraba desconsolada mientras hablaba con una ATS. Le rogaba insistentemente que no le dejaran salir, que ya no podía soportarlo más, que vivía aterrada de que cualquier día le hiciera daño, un daño irreparable. No pude ver su rostro, porque rápidamente se la llevaron para salvaguardar su intimidad.

Un rato antes, una de las muchachas jóvenes de la planta, discutía por cuarto día consecutivo con su madre, y dando un golpe en la mesa le decía que se fuera ya, que no la soportaba más; y encaminó sus pasos al dormitorio. Su madre se quedó inmóvil y sentada durante un cuarto de hora más. Luego se le acerco una auxiliar y le digo que mejor se marchara, que su hija no quería salir más a la visita. No puede ver su rostro tampoco.

No necesito ver las caras para saber de ese dolor, he experimentado la impotencia que ellas sienten un montón de veces.

No me canso de preguntarme que está pasado en nuestra sanidad, por qué tanto abandono en lo que a salud mental se refiere. Los datos son claros, todos los análisis y estadísticas hablan del aumento de estas patologías, y sin embargo, nuestra sanidad, nuestros servicios sociales, hacen oídos sordos a este aumento de la demandan. Los recursos son píricos.

Lo he dicho muchas veces. Se cerraron todos, los mal llamados, “manicomios”; y en lugar de ellos se abrieron centros de día y plantas de internamiento breve. Se nos dijo que era para mejorar la integración y la recuperación de estos pacientes, pero ni la sociedad integra, ni todas las patologías son recuperables. Y mientras, se ha dejado a las familias a solas con el enfermo, con el dependiente, con el problema. Son ahora las familias las que no pueden integrar la situación en sus vidas, son ahora las familias las que tratan de recuperarse de tanta zozobra.

Nadie quiere a una persona enferma más que su propia familia, eso es cierto; pero cuando se les deja a solas con la situación, cuando no se les presta la ayuda, el apoyo y los medios necesarios para desarrollar dignamente esa esperada recuperación e integración social, lo que es amor se acompaña de tormento, dolor, impotencia, ruina y hasta enfermedad.

La psicología y la psiquiatría siguen siendo hermanas menores en la sanidad pública, sigue siendo un lujo, que en la mayoría de los casos corre a cuenta de la salud y economía familiar, algo que contradice claramente todos los estudios epidemiológicos.

Mañana partiremos con Ale hacia Madrid, tengo la sensación de ir a quemar el último cartucho, sin quizás haber quemado otros antes. Me he preguntado muchas veces, en los últimos días, qué hubiera pasado si hubiéramos dispuesto de un centro especializado en autismo hace cinco años, cuando comenzaron sus crisis. Probablemente hubiéramos llegado al mismo punto donde estamos, pero por lo menos no me quedaría esta sensación de fracaso, esta sensación de haber recorrido un camino tan duro y tan solos.

Todas las sensaciones son de buenas expectativas, de que todo va a salir bien. También es un alivio saber que después de muchas gestiones, los servicios sanitarios nos han dado esta última oportunidad y corren con los gastos. Pero no se por qué razón me sigo sintiendo impotente y con mucha necesidad de denunciar lo que pasa. Posiblemente sea, porque me ha tocado y me toca, seguir viendo el sufrimiento de muchos, demasiados, a los que se sigue dando la espalda, no queriendo ver lo que pasa.  

 

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