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Olimpismo machista 

No quiso escuchar el improperio obseno que sobre su shorts le lanzó, a bocajarro, el indeseable acompañante del autobús. Unos asientos más atrás, haciendo equilibrios sobre la barra, alguien la miró con cariño, mientras el energúmeno del asiento dos, se ahogaba en su propia saliva, tras el frenazo en seco que obligó a dar a la conductora, un maratoniano despistado con un Twitt sobre el medallero femenino de los Juegos Olímpicos. Un gato en celo trataba de hacer dos mortales con tirabuzón desde el tejado de la estación de autobuses.Era su séptimo intento.descarga

 
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Publicado por en agosto 12, 2016 en Sin categoría

 

Cada mañana, al desayuno

Hoy dejé el pan,

evgen-bavcar-masks-in-venice

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el café, el aceite.

Apenas desayune las ganas.

Saber que aun no llega.

Laberínticas mentiras

que envuelven bocadillos.

Sabernos tragando desechos.

Mirar luego,

el milagro insomne

de este mundo de ciegos.

 
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Publicado por en abril 17, 2016 en Poemario

 

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Eres la tierra,

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La savia que alimenta.

El viento que respiro.

La Luz,

toda la luz.

 
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Publicado por en abril 17, 2016 en Poemario

 

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27 DE FEBRERO

morgan160228Ninguna huella se pierde.

La arena siempre recuerda

el abrazo de los pies.

Ni el soplo de Samûn

puede barrer los recuerdos,

las heridas.

Todas las melfas acarician,

todas las palabras que se dieron,

los cantos de Mariam,

las estrellas que nos guían.

Nadie se pierde en el desierto

si sigue el camino.

 

No es un espejismo,

la jaima está ahí,

tras las dunas.

Y todos,

nos esperan.

 
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Publicado por en febrero 28, 2016 en Arena entre los pies, Poemario

 

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Sin pedir permiso, de Conchi Moya

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Los que hemos probado en alguna ocasión esa droga que se llama radio, sabemos que es de lo más adictiva.

Hubo un tiempo, sobre todo, en el que la comunicación libre, el gusto por hacer llegar a otros lo que se pensaba, lo que se escuchaba, lo que se leía, la necesidad de contar lo que realmente estaba pasando, se tornaron absolutamente imprescindibles. Más allá de los corsés que nos habían trincado durante cuatro décadas, los que habían paralizado nuestros cuerpos, habían vuelto rígidas nuestras mentes, y nos habían hecho perder el paso de la historia.

Así nacieron, en la década de los 80, las radios libres y comunitarias, como una experiencia de la que hoy deberíamos seguir aprendiendo.

En este marco, arranca la novela “Sin pedir permiso” de Conchi Moya, como un grito necesario para no dejar morir una época, unas ilusiones, y un impulso de libertad, que seguimos sintiendo tan necesarios.

Marina es cualquiera de todas y todos aquellos que, casi por casualidad, tocamos ese mundo. Es el prototipo del frenesí de esa juventud de la postmovida, que no se resignaba a vivir como sus mayores, que despertaba a las ansias de libertad, a beberse la vida en tragos largos, a buscarse un lugar en la España que se desperezaba de un largo  y lejano letargo.

La radio como espacio, la palabra como arma, los libros de viejo, los comics, los fanzines y las revistas como moneda de cambio, la autogestión como esperanza, la música como el aire que respirar. Una novela cargada de simbolismos, de imágenes y escenas que nos devuelven a esa juventud fresca y chispeante que nunca debimos perder.

Entonces aparece Marcos, Animal, Jota, Germán… los antihéroes tan necesarios en todas las épocas, los que marcan el rumbo de todas las batallas que sabemos que están perdidas antes de iniciarlas, pero que nos hacen sentir la vida como nada. La lucha entre el amor romántico y el amor libre, lo convencional y la transgresión como necesidad de ser, la inquietud que nos aleja de la artrosis, la necesidad de futuro pero sin que sea a cualquier precio.

La novela de Conchi la entiendo, desde la distancia -yo siempre contemplé estas movidas madrileñas desde el exilio de unas islas en las que todo llega con un tiempo de retraso, muchas veces ya matizado, descolorido y edulcorado-, como la fotografía dinámica de una época de explosión creativa y diferente, que los de siempre, los que estudian los mercados, los que aventuran las modas, los traficantes de sueños, se encargan de modificar, adaptar y encauzar, para que lo nuevo, lo diferente, lo esperanzador, se convierta la mayoría de las veces en mera nostalgia.

Una novela ágil, fresca, novedosa en su estructura de flashes, tierna y canalla como la época que describe, evocadora, divertida y sobre todo musical. Me parece un logro saber conjugar tantas cosas en una novela tan versátil.

Sólo un pero, que a los que comenzamos a escribir siempre nos vienen muy bien. Tal vez sea por esa estructura de flashes que he mencionado, pero, como lector, hay algunos personajes, momentos políticos, realidades como el nacimiento del movimiento okupa, las drogas… que personalmente me dejaron con ganas de más. Tal vez la autora se anime a desarrollarlas en próximas obras, que celebraré sin duda.

Conchi nos deja una perla, un diamante a pulir de lo que fue y pudo ser, de los sueños de una generación que no tenía donde caerse muerta pero que, a base de imaginación, llegó a tocar el cielo sin pedir permiso.

 
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Publicado por en enero 16, 2016 en Libros, Sólo soy un lector

 

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Gobierna tú, que a mí me da la risa.

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Por qué tiene uno la sensación de que es demasiado tarde para lo honesto, lo honrado. Por qué huele tanto la “nueva política” a un potaje que está a punto de pasarse de fuego. Por qué seguimos creyendo que casi todos nos engatusan con discursos que ya no necesitamos, o que llegan demasiado tarde. Por qué nos siguen tomando por una sociedad amnésica, que olvida con un gesto, una inauguración, o una fiesta, que ayer, solo ayer, nos sorbíamos los mocos. Posiblemente porque así es la cosa.

Ayer asistimos a un debate que todo el mundo ha tildado de histórico, y probablemente lo fuera. Pero se nos vendió desde el principio como si de una semifinal de la Champions league se tratara, quizás porque, en esta sociedad de pan y circo, es lo que toca. Quizás porque todo el mundo espera la épica de las remontadas, las victorias por goleada, la esperanza de que tras el partido todo cambie.  Que los himnos y las banderas sean suficientes para subir la moral. Pero muy bien sabemos de lo efímero de esas alegrías. Yo sigo prefiriendo “hablar de cosas imposibles, porque de lo posible se sabe demasiado”.

Ayer ganaron todos, como siempre. Nadie pierde cuando lo que está en juego es solamente el turno para tirar los dados, en esta partida de Monopoly en la que se ha convertido lo público.

Quizás exagero, y sí que hay perdedores. Los que siguen perdiendo siempre, los que ven la partida desde la periferia del tablero, los que dejan su futuro en manos de los ávidos jugadores que han tomado el cubilete y les han convencido de que  es mejor que tire yo por ti.

Al final nadie es más alto que nadie, ni más guapa, ni más sabio, ni más capaz, ni más pragmática, ni con más suerte, ni mejor gestor, ni siquiera, mejor persona.

El cambio, si llega, llegará de cada uno de nosotros y nosotras, de una sociedad que se empondere y no permita más silencios hasta el próximo debate. De unas personas conscientes de su responsabilidad con lo público cada día, haya o no debate del siglo, ganen o pierdan los míos. Una sociedad adulta y capaz de ver más allá de los programas y eslóganes. Una sociedad protagonista, que tome las riendas, que se crea de una vez por todas que los políticos son servidores públicos, y no eche a suertes, o se deje engañar, para ver a quién le otorga el privilegio de servirse de lo público por cuatro años.

Ayer algunas cosas me sirvieron más que otras, algunas palabras me las creí más que otras, pero al final sé que nadie tiene varitas mágicas, ni llaves maestras para abrir puertas blindadas. Sé que la revolución y el cambio que necesita esta sociedad, es precisamente convertirnos en una sociedad nueva, y eso pasa por una nueva forma de entender lo público. El espacio público no es más que la suma de voluntades personales, no es más que la regeneración de uno y una misma, y desde ahí construir una nueva humanidad.

Cada uno y cada una de nosotros tendrá que desterrar la mentira, el egoísmo, la codicia, la ira, el inmovilismo, la ignorancia… si queremos que nos vaya mejor. El consenso, la necesidad de aglutinar los esfuerzos en lo común, el mirar por el bien de todos y todas, la empatía, es lo único que permitirá un cambio real. No han servido para nada las contiendas, las luchas, las revoluciones que han dejado de lado a los que no supieron o no quisieron sumarse. O cambiamos todos, o nada cambiará. Si no, seguirá siendo el tiempo de los de siempre, los que se ven legitimados por una mayoría silenciosa que solo sabe decir cada cuatro años: gobierna tú, que a mí me da la risa.

 
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Publicado por en diciembre 8, 2015 en Margullando en la realidad

 

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Memorias para el final de un verano.

A Manuel Díaz Martínez en su 79 cumpleaños
Siempre quise fajarme con poetasIMG_20150912_175830 (2)
de versos cortos, largas miradas,
y leves rasguños en la solapa.
Apresar mas que fueran crepúsculos,
sombras de unos pasos
que solo pudiera soñar.
Llevar cuartillas en carpetas
y retar las normas de la Academia.
Soñaba con barbas grandes,
humo de tabaco
y noches de escritura
con regusto escocés.
Nunca esperé,
que un día, sin más,
te sentaras a fumar en la terraza,
te bebieras mi mejor wiski,
escuchar la voz leída,
y prenderme en un abrazo,
a eso de la noche,
con un simple hasta luego.
 
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Publicado por en septiembre 19, 2015 en Poemario

 

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