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Entre brumas

Brumas

(c) Autor Helio Ayala

Veo la triste sombra de un hombre y su cuenco de arroz seco,

las sandalias rotas de todos los buscadores de horizontes,

las hojas verdes de un sauce que reza sin dios,

los templos donde olvidamos el descuido.

Hay una mujer pariendo el silencio.

La última abeja, liba mi sangre.

Los ríos vienen de mugre

anunciando con desgana más muerte.

Ya no hay nada que guardar, ni siquiera la memoria.

En el lodo de la historia, no anidan los nenúfares.

 

Quién nos dirá lo torpes que fuimos cuando no quede nada que decir,

Quién nos contará que hubo lugares que no supimos guardar de nosotros,

palabras que debimos repetir para que no fueran polvo de olvido.

Quién juzgará entonces tanta pérdida, la triste tortura del recuerdo.

 

Sin embargo, hay un naciente en el corazón del bosque que nos mira,

en lo hondo de una gruta donde nadie entra.

Un hilo de luz y de agua, que es toda esperanza.

Aún queda un ave volando entre el cielo y la tierra,

un canto ancestral entre la bruma.

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Publicado por en julio 26, 2017 en Poemario

 

El hombre de las mil caras

Después de que sonara el teléfono, se te cayó la cara de vergüenza.

Con el móvil apretado entre el hombro y la oreja, tanteas el suelo durante un rato. Decides parar, al darte un golpe con la esquina de la mesa, en lo que fue tu frente. Buscas el sillón detrás de ella y te dejas caer. Que debía comprenderlo, que unas veces se gana y otras se pierde.  No oye ni una palabra, no tienes boca con qué, y le cuelgas para no escuchar más sus lágrimas.

Te levantas y vas a mirarte en el reflejo de ese horrible grabado de la época oscura de Picasso, alguien debió colgarlo para que sirviera casi de espejo. Qué tontería, no puedes verte. Pasas tus manos por la cara, y lo ves con el tacto. Eres algo así como Juan sin rostro.

Las gotas de sudor resbalan casi en vertical. Llamas a la secretaria y nadie acude. Decides moverte arrastrando los pies, a ver si así detectas algo que pueda parecerse a una nariz, unos labios. Pisas con cuidado no sea que vayas a estallar los ojos. Nada. Vuelves al sillón, llamas de nuevo a Pilar, no te oye.

Tanteas con las manos sobre la mesa, te vuelves a tocar el rostro por ver si sólo ha sido una primera impresión, pero no hay nada, solo una superficie lisa, fría, sin barba de tres días, sin el vaho de la nariz o la boca. No sientes nada, solo quedan las orejas.

Decides salir del despacho, te mueves con soltura, como en esas ocasiones cuando sueñas que te quedas dormido al volante, pero el instinto y el conocimiento de la ruta te permiten guiar como siempre, con la terrible sensación de que la próxima será la última curva de tu vida. Llegas hasta el ascensor sin percances. Sólo un rumor a tu espalda, ¿qué cara más larga, le pasará algo? ¿Don Juan, se encuentra bien?

Entras en el ascensor sin decir nada, desubicado, notando cómo, lo que era tu cara, te está llegando ya a la altura del ombligo. Palpas la prominencia y comienzas a entrar en pánico.

Así no puedes conducir, la nocara agigantada te impedirá maniobrar al volante. Ya en la calle, te adelantas a coger el taxi que una señora sin perfume acaba de parar en la puerta de la sucursal. ¡Qué cara más dura! Dice mientras torpemente la apartas para entrar dentro del vehículo. Ni qué decir tiene, que cuando te acomodas en el asiento trasero y das tu dirección, sientes las protuberancias rocosas que salpican ahora lo que hace un rato era tu imagen.

Llegas. Se asombra el portero, que saluda la extrañeza de verte a esas horas por el edificio. Estos señoritingos de corbata tienen más cara que espalada, entre dientes. Y tú notas que aquello crece más allá de tu entrepierna.

Abres, acaricias a Bruno y vas hasta la alcoba sin prestar atención al saludo de la chica guatemalteca, que esta mañana te puso el desayuno como a ti te gusta. ¡Fuerte hombre más mal encarado! Justo en el instante en que sientes que todo aquello gira hacia tu izquierda, amenazando con partirte el cuello en dos, y los pedruscos se enmohecen, y hay una baba que no sabes de dónde sale, te dejas caer sobre la cama. Y llega Margarita, y te empieza a echar en cara tantas cosas, que te hundes y te hundes en el colchón. Y qué si tú te crees que se puede ir por la vida con esa cara, y que ya está bien de mirar para otro lado. Y se te inflama el lado derecho, y aparece un ojo, sólo un ojo gigantesco que se abre, y la luz duele, y te incorporas de un golpe, y ella se asusta a tu lado, y te mira, y te dice:

¡Por Dios Santo! Vete a la lavarte esa cara de muerto.

Y caes desplomado.

Del libro de cuentos aún inédito “Las caras que el miedo no tuvo”

 

 
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Publicado por en julio 26, 2017 en Relatos

 

Nómada

Déjame que lave tus pies cansados,

del polvo,

del camino,

del olvido.

No importa de dónde vienes,

ni adónde los pasos te llevan.

Sólo sé que hoy estás

en esta humilde jaima del encuentro.

Déjame que te alimente,

que cobije tus estrellas.

La luna, apenas brilla,

escondida en la nostalgia de la noche,

en el sabor amargo de este té,

que a orillas del silencio compartimos.

Mañana, tras el rezo,

pon rumbo al destino,

y si llegas antes,

diles

que sigue la frente altiva,

dispuestas las manos,

el corazón

en cada soplo de las dunas.

Llévame hasta la loma

donde la libertad no tiene inviernos.

Compón un canto,

un himno para las escuelas.

Que los niños del destierro

no olviden a los mártires,

a los que acunan la arena

hasta que el viento del desierto,

nos devuelva la tierra,

el mar,

todas las lágrimas que derramamos.

 

20 de mayo de 2017. 44º aniversario del alzamiento del Frente Polisario.

 
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Publicado por en mayo 21, 2017 en Poemario

 

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Del camino

Mañana pienso levantarme por el lado loco de la cama,depositphotos_24678923-boy-does-yoga-exercises-in

saltaré al mundo desde la azotea donde cuelgan sueños,

pondré la música más alta que los miedos,

y miraré con calma las huellas que desdibujaron las mareas.

Mañana plantaré gérmenes de caricias y caramelos

en el valle de las tardes, en que en otros tiempos ,nos tocó llorar.

Regaré despacio, con la quietud de las alas que no tengo,

los fracasos que prendieron victorias en las manos.

Mañana miraré tus ojos,

y sabré que volvimos de todos los naufragios,

que supimos encontrarnos más allá de los crepúsculos,

que tú estabas esperándome, y yo, más de una vez llegué con retraso.

Y aquí estamos tirando por tierra todos los pronósticos.

Mañana emprenderé, la otra mitad del camino, el que aún quede.

Me lavaré la cara, me calzaré la camisa de los anhelos, los pies siempre descalzos,

y tiraré para adelante con todas las manos que me tendieron.

Mañana, nada más despertarme.

 
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Publicado por en diciembre 20, 2016 en Poemario

 

Luminarias

Han vuelto a adornar las calles,

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luminarias falsas de bajo consumo.

Estampitas de colores que ocultan borrones.

Frases hechas de felicidad caduca.

Los viernes negros se extienden

más allá de los eslóganes de noviembre.

Y tocan palmaditas en la espalda,

conjuros de mentiras,

cenas que no atragantan.

Mucho alcohol para pasar el trago

del último telediario del año,

donde nadie nos dirá

cómo será la vieja noche

en los rincones del planeta

donde no se cena,

ni se bebe,

y él único deseo posible es

que al menos por esa noche

no se iluminen los cielos.

 
 

Sin remordimientos

Nos tocó nacer a este lado de la trinchera,

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donde la muerte es un episodio de otros

y aún trinan alegres pájaros al alba.

Nos tocó ver de lejos los escombros,

esquivar las virutas del dolor sin esfuerzo,

pasar de puntillas por las pérdidas

y aún nos queda tiempo para atardecer.

Nos tocó podar miradas

sin demasiadas prudencias,

sin tiempo apenas para pensar en inciertos,

y aún tenemos la despensa llena de futuros.

Nos tocó seguir soñando,

seguir celebrando rasguños de vida

sin demasiados sobresaltos

sin demasiadas preguntas.

Nos tocó disparar primero,

sembrar de sangre todo horizonte.

Despertar luego,

sin demasiados remordimientos.

 

Entrevista a Helio Ayala: “En cada gran poeta hay un místico, un maestro, un sabio”

Y agrega “la sociedad del siglo XXI está llamada a feminizarse si queremos cambiar a mejor.”

Por: Ángela Molina Calzadilla

Profesor de Secundaria y Licenciado en Teología por la Universidad de Comillas, escritor y poeta, Helio Ayala está convencido de que “si Dios existe, es mujer.” Y agrega “la sociedad del siglo XXI está llamada a feminizarse si queremos cambiar a mejor.”

Bajo la premisa de que no puede “desvincular la poesía de la vida, y la vida es, entre otras cosas, compromiso”, ha publicado la novela Arena entre los pies, en la que el relato de una gran historia de amor sirve para contar la historia y penurias del pueblo sarahui. Y el poemario Tiempos Apócrifos.

En su opinión, la poesía es “el alma de la literatura, lo más puro y esencial”. Y advierte que “vivimos en un momento de muchos poetas pero, tal vez, de no tanta poesía.”

Con la humildad que le es consustancial, asevera que “uno de los mayores retos que tenemos socialmente es huir de la inmediatez, de las respuestas prefabricadas, del consumo de información que indigesta, del aluvión de imágenes que hacen que dejemos de VER. Del ruido que nos hace ser incapaces de OIR.”

Y concluye, “Este mundo está enfermo de egoísmo. Sueño con otros parámetros para la convivencia humana.”

En suma, Helio Ayala, es uno de esos hombres volcados hacia su mundo interior y preocupados por la sociedad que los reclama, como a una voluntad imprescindible para hacer de la palabra un desafío y una fuerza que aliente al cambio.

Lee el resto de la entrevista en: Entrevista a Helio Ayala: “En cada gran poeta hay un místico, un maestro, un sabio”

 
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Publicado por en diciembre 13, 2016 en Prensa, Reseñas/Entrevistas