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Soledad o solidaridad

07 Jun

Domingo 25 de mayo de 2008

Buenos días Canarias:

 

A veces es durísima la soledad, sobre todo cuando llega como el siroco, de repente, sin avisar, asfixiándolo todo, llenándolo todo… Y la soledad se vive de muchas formas, las más crueles son esas soledades tan acompañadas, las que se experimentan en medio de multitudes…

 

Conozco a mucha gente que anda sola en medio de las ciudades, que acuden a fiestas multitudinarias y sin embargo están solas, que se suben a la guagua en hora punta y sin embargo están solas, que llegan a casa saludan a todos y se sienten solas.

 

Pienso que esto ocurre cuando el corazón esta yermo, cuando hay muy poco que lo habite, cuando son inmensas las hambrunas enraizadas en él. Cuando las insatisfacciones son muchas y profundas, cuando aprieta el cansancio de la vida, el sin sentido; y los anhelos y deseos dejan paso a la quietud…

 

Esto es así en nuestro mundo confortable, en el otro, en el mundo en el que falta de todo, la soledad es abandono real; es fruto de un olvido real y el sufrimiento es muchas veces, más físico que mental.

 

La soledad se combate con solidaridad en ambos casos, es decir, saliendo al encuentro real con el otro. Y la solidaridad es un movimiento, no un sentimiento; requiere ponerse en pie, caminar hacia el otro, compartir con él esperanzas y anhelos de un destino común.

 

Las soledades de nuestro mundo son muchas, por eso la solidaridad también debe sobreabundar: la soledad de las mujeres que siguen muriendo a diario por la violencia machista, requiere solidaridad. Las soledades de los que sufren las catástrofes naturales, reclaman solidaridad. Los que huyen en medio de su soledad y buscan un destino mejor, aunque sea en guetos, necesitan solidaridad. Y el triste, y el oprimido, y el enfermo, y el que carece de cariño, y los que lo perdieron todo, hasta la sonrisa; ansían solidaridad.

 

Compartir la comida es quizás el gesto más antropológicamente solidario. La mesa común es signo de fraternidad, de unidad, de entrega y servicio, es el espacio del encuentro, en el que concluye toda soledad. Cuando queremos demostrarle a alguien que es bienvenido, que nuestra casa está abierta para él o para ella, le invitamos a comer. Eso es así aquí y allí donde por faltar, a veces falta hasta el pan; pero siempre hay una mesa dispuesta para compartir lo  que haya.

 

Jesús de Nazaret, elevo ese gesto de solidaridad a la enésima potencia, los que decimos comer su mismo pan y beber de su misma copa, estamos llamados a romper soledades y a compartir con él un mismo destino, el de la común-unión de toda la familia humana.

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Publicado por en junio 7, 2008 en Margullando en la realidad

 

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