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Viaje a los campamentos de refugiados/as de Tinduf

07 Jun

Domingo 16 de marzo de 2008

Buenos días Canarias:

El que les habla se encuentra en esto momentos en el desierto de Argelia, en Tinduf.

No he ido a perderme, sino a encontrarme. A encontrarme con la familia de Maluma, con los niños y las niñas de las escuelas de los campamentos, que juegan al futbol sin zapatos, hacen dibujos en la arena  y te piden caramelos;  con las mujeres que tejen con hilo de esperanza, con los médicos y las enfermeras de los dispensarios, que luchan a diario por la vida en medio del infierno;  con los que también allí han nacido diferentes y luchan por sobrevivir.

Pero sobre todo he  ido a encontrarme conmigo mismo, con el corazón que el año pasado deje plantado junto a aquellas jaimas, junto aquella gente que tanto me enseño y de los que tanto aprendí. A encontrarme una vez más con el regalo de experimentar muy de cerca aquello de que ”los pobres nos evangelizan”.

Estos días preparando la mochila, preparando las cajas de medicamentos, de material escolar, de los pequeños obsequios que uno puede llevar; pensaba en cómo Jesús debió preparar  aquel viaje a Jerusalem; como debió ir ilusionando a otros y otras para que le acompañaran, como aún sabiendo un triste final, no le condicionó para transmitir esperanza en la llegada de un tiempo diferente, definitivo, de salvación para todos y todas.

 Seguro que pensó muchos las palabras que iba a decir, en las personas con las que se iba a encontrar, los lugares que iba a visitar.

Yo también he preparado mi viaje, no voy ha ser recibido como él, ni lo pretendo; cambiaré el pollino, por un jeep destartalado; pero estoy seguro que cuando llegue a Auserd, la arena me resultará familiar, la oscura y esbelta figura de Maluma me abrirá sus brazos y su casa para que me sienta en la mía; y en las largas y estrelladas noches nos tomaremos un té y hablaremos y hablaremos intentado que el sueño no nos venza.

Viviré una Semana Santa diferente, pero si  Dios me lo permite, a lo mejor más intensa que nunca. Porque allí cada día se hace real el compartir el pan, porque allí se vive un clavario permanente; pero allí también se resucita, porque a pesar de todo, nunca muere la esperanza, esa que brilla por doquier en los ojos de los niños y las niñas saharauis.

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Publicado por en junio 7, 2008 en Margullando en la realidad

 

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