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Sólo me queda lo que di…

15 Jun

Domigo 15 de junio de 2008

 

Buenos días Canarias:

 

El pasado viernes fue algo así como la última cena, eso sí, éramos unos treinta y no había un maestro y unos discípulos… Pero si es cierto, que cuando llegaste andábamos un poco como ovejas sin pastor.

 

 Antes de ayer nos sentamos en torno a una mesa, a compartir una noche más entre recuerdos, ilusiones y sueños de futuro. Cuando los amigos y las amigas se reúnen siempre surge la necesidad de compartir lo vivido, de  recordar las anécdotas del camino, sus paisajes, las flores que fuimos encontrando, los sinsabores  y las fatigas también.

 

Y cuando ese camino es trenzado entre la solidaridad, la lucha por la justicia y la construcción de un mundo en paz; entonces se convierte en historia de humanidad. Y compartir con otros y otras historia y caminos de humanidad, es algo grande, muy grande.

 

Ya les he dicho alguna vez, que en mi experiencia como educador, si ha habido algo realmente importante ha sido y es, el haber tenido la oportunidad de ver nacer y crecer un proyecto educativo como lo que hoy es la Red Canaria de Escuelas Solidarias.    

 

En estos últimos cinco años he tenido la suerte de compartir con Miguel la coordinación de este proyecto, y por eso; ahora que llega el momento de hacer balance, quiero una vez más darle las gracias a él, a todos los profesores y profesoras y a todo el alumnado que hace posible que esta experiencia sea algo único y absolutamente fundamental en mi labor como docente.

 

Al final, Miguel, ocurre como en aquella parábola sobre la muerte que escuche una vez y que nunca se me ha olvidado: cuentan que una vez, un tren partió con una ruta definida, pero llegó a una estación cuyo rótulo ponía  “Estación Ultimo Destino”. Y cuando los pasajeros se bajaron del tren, entre la algarabía del andén, entre la gente que andaba preocupada por su equipaje, por no saber a dónde habían llegado,  entre reclamaciones y protestas; un anciano jefe de estación se acercó a un viejecillo que andaba un poco perplejo. Le dijo que le mostrara su manos y este puso sus palmas hacia arriba, indicándole que su vida había sido muy sencilla; pero el jefe de estación le fue mostrando todo lo bueno que había hecho, todo lo que se había preocupado por los demás, la cantidad de veces que había sido justo y solidario, el tiempo y las sonrisas entregadas… Cuando termino de repasar su vida, y dándose cuenta donde estaba, el anciano con una sonrisa complaciente en sus labios, le dijo al aquel jefe de estación: Lo que guardé no lo tengo, lo que tenía lo perdí; sólo me queda lo que di…

 

Sé que a veces los docentes no tenemos muy buena prensa, sé que no corren buenos tiempos para la escuela, pero tú y yo sabemos, Miguel, que en medio de todo esto hay labores que merecen la pena, hay caminos que se pueden y se deben andar, que el trabajo es mucho y los obreros a veces son pocos, así que debemos ilusionar a otros y otras para recorrer juntos los caminos que lleven a una nueva humanidad; y en eso tú, has sido un maestro en estos años … Gracias otra vez.

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Publicado por en junio 15, 2008 en Margullando en la realidad

 

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