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Señor, ¡Que Vea!

30 Oct

veo_oigo_habloBuenos días Canarias:

 No hay mayor ciego que el que no quiere ver.

Y el problema es que son muchas las cosas que hay que mirar con profundidad para no estar ciego.

Todos hemos jugado alguna vez a cerrar fuerte los ojos e imaginarnos, aunque sea por  un rato, aunque sea hasta el primer tropiezo, la destreza que tendríamos si fuéramos ciegos. Normalmente terminamos abriendo los ojos cuando intuimos algún obstáculo inminente, o cuando la angustia de no saber qué puede pasarnos nos obliga a mirar. Cuando hemos hecho esto, hemos tenido la suerte de que sólo fuera jugando, de saber que era una situación generada por voluntad propia y tan efímera como nosotros quisiéramos.

 Sin embargo, hay mucha gente que de verdad no puede abrir sus ojos.

Pero hoy no me voy a referir a los invidentes físicos, es a otra ceguera a la que me quiero referir.

Verán, seguro que también les ha ocurrido, en alguna ocasión, escuchar hablar a alguien, o leer en un libro, o ver en alguna pantalla a alguna persona que de repente con lo que dice hace que se enciendan todas las luces, que comprendamos de golpe cosas que hasta ese momento estaba ocultas para ti. La sensación en ese momento es como la del ciego que por un milagro comienza a ver.

 Últimamente, y con esto de la crisis, me pasa mucho esto. Se multiplican los foros, las jornadas, las conferencias, las tertulias o reportajes que dejan al descubierto la mentira en la que vivimos; y a mí me pasa que me voy dando cuenta de cosas que hasta ahora, o no les había prestado tanta atención, o simplemente pasaban desapercibidas para mí.

 Y entonces el entramado de corruptelas, las falacias del mercado, la ingeniería financiera, los intereses creados, las guerras fraudulentas, los anuncios de que fuera del capitalismo no hay salvación, los enredos para llegar a ninguna parte, el futbol y los reality show como opio del pueblo, el mercadeo de sentimientos, la crónica anunciada de la muerte del planeta, … me hacen ver, que la enfermedad del siglo XXI no es el sida, ni la depresión, ni nada vascular, nuestro problema es esta maldita ceguera que nos paraliza.

 Por eso, cada día que me doy cuenta de algo nuevo, vuelvo a mirar al cielo y exclamo: Señor, ¡que vea!

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Publicado por en octubre 30, 2009 en Margullando en la realidad

 

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