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Aaiún, 8 de noviembre de 2010

09 Nov

 

Al padre de Sidomu, sólo lo he visto una vez.

Lo trajo orgulloso del brazo y me dijo: -Helio, este es mi padre.

Ahora ya no recuerdo su nombre, pero se me quedó grabada aquella cara cansada y arrugada de viejo soldado que ha dejado su vida junto al muro infranqueable de la vergüenza. Nos saludamos entre la mano y el corazón, como hacen los saharauis.

Sólo día y medio para ver a los suyos y regresar. Regresar a esperar algo en la quietud del desierto, en la soledad del olvido de todos, en la noche oscura de la esperanza dormida, en la sinrazón de todos los esfuerzos baldíos.

Sólo lo vi aquella vez, y comprendí que más allá de la ternura de las haimas, había otra parte del pueblo en alerta, al asecho, en la tensa espera del retorno…

Anoche soñé que volvía a buscar a su niño, a buscar a mi niño. -Ha llegado la hora, ven conmigo, -Le decía – vamos a cruzar juntos este desierto. Sidomu se marchaba con él, orgulloso, y su cara de niño comenzó a curtirse mientras se alejaba de mí.

Ojalá mañana amanezca para él de nuevo. Mientras, los demás, seguimos aquí durmiendo en la vergüenza, prisioneros de la desidia, anclados en nuestras propias miserias; más pobres, más indignos, menos libres.

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