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Archivo del Autor: Helio Ayala

Acerca de Helio Ayala

Licenciado en Teología. Profesor de Secundaria. Narrador y poeta.

Sinfonías de la muerte

Josehp Eid

No hay ventana por la que asome una esperanza.
No tiene trinos la muerte y el olvido.
Con sus ratas juegan los niños en los zulos.
Ya no hay calles, ni plazas quedan.
Un abuelo,
fumando impaciencias,
huérfano de todo,
la espera,
con lágrimas secas
de un aria vieja.

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Ya está en las librerías “Con la que no tiene palabras. Poética con Alejandro”

Portada con la que no tiene palabras (4)

Ya puedes adquirir “Con la que no tiene palabras. Poética con Alejandro” en las siguientes librerías de Las Palmas de Gran Canaria:

Librería Canaima

Librería del Cabildo de Gran Canaria

Si alguien quiere, se puede enviar por correo postal.  Mándame  un correo a : helio.ayala@gmail.com. Coste del poemario 8€, más 3€ de gastos de envío (Canarias y Península). Para otros destinos consultar costes.

 

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Palabras de la presentación del poemario “Con la que no tiene palabras. Poética con Alejandro”

Miguel Ángel Navarro Herrera. Poeta.

Buenas tardes, a todos y a todas, mi nombre es Miguel Ángel Navarro Herrera y hoy acudo a este entrañable acto en nombre del sello editorial Cuadernos La Gueldera, perteneciente al Centro Canario de Estudios Caribeños – El Atlántico, organización orientada a la actividad cultural en lo que tiene que ver con el desarrollo y el intercambio literario y artístico entre Canarias y el Caribe. Y lo hago también en nombre de su presidente, Juan Francisco González-Díaz, ausente por encontrarse en estas fechas en la otra punta del océano que nos separa.

Para mí, y para el Centro Canario de Estudios Caribeños – El Atlántico, es un orgullo y un placer acompañar a Helio Ayala Díaz, y a su hijo Alejandro, en este acto. Más allá de que Helio nos haya escogido como sello editorial para su poemario, nos complace acompañarlo porque él es un compañero más y un amigo, no en vano ha formado parte de nuestra organización desde sus inicios y, con ella, ha impulsado diferentes e importantes actividades por la cultura y la literatura en las islas. A tu lado, Helio, nos sentimos como en casa. Gracias por seguir contando con nosotros, conmigo, en tu aventura vital.

De Helio, decir que es licenciado en Teología y Profesor de Enseñanza Secundaria. Que tiene publicados varios libros en solitario. Como son Brevedades, 2013, Editorial NACE, de relatos y microrrelatos. La novela Arena entre los pies, 2015, Cuadernos La Gueldera. Y el poemario Tiempos Apócrifos, 2016, Cuadernos La Gueldera. Y que ha participado en los poemarios colectivos Hotel Madrid. Poemas, 2013, y Una isla dentro, 2014, ambos editados por Cuadernos La Gueldera, junto a sus compañeros y compañeras del Taller Literario “Espejo de Paciencia” y del Taller de poesía “Dulce María Loynaz”, ambos talleres auspiciados por el Centro Canario de Estudios Caribeños – El Atlántico. Asimismo, edita y participa en la obra colectiva VerSahara. Antología 2016, editado por Cuadernos La Gueldera. Siendo, por tanto, Con la que no tiene palabras. Poética con Alejandro su cuarto libro y su segundo poemario individual.Portada con la que no tiene palabras (4)

De este poemario, lo primero que resalta a la vista es la hermosa metáfora de la ilustración de la portada, obra de Beatriz Astudillo Meléndez, un canto a la diversidad y a la esperanza en un mundo, una realidad, en crisis, en continuo cambio, que magníficamente prologa el propio libro.

Y qué decir del título en sí, “Con la que no tiene palabras. Poética con Alejandro”, paradójicamente el poeta, los poetas puesto que son dos las voces, nos ponen sobre aviso de que pudiera ser que, con palabras, nos va a hablar del silencio, de los silencios y sus significados. Pero, aunque en el poemario haya bastante de eso, también nos va a hablar de la poesía, del discurso poético del día a día, y nos viene a reafirmar que, si éste existe, es porque se elabora en el diálogo con el otro, conjuntamente con el otro, en la interacción de momentos, circunstancias, vicisitudes que han de ocurrir y darán sentido a la palabra, a los silencios y a la vida misma. Es la poética con el otro, junto al otro, desde el otro.

Son las voces de un padre y un hijo que se encuentran en la diferencia, en lo esencial de la persona, compartiendo una realidad que es común, y toca vivir tendiendo puentes y comprendiendo lo que separa y lo que une. Como dice el poeta, en el prólogo, “en un ejercicio de buscarnos en los imposibles”, “venciendo los prejuicios” y “dejarnos llevar, fluir con la inocencia”.

Es un poemario escrito con una extraordinaria delicadeza, desde el corazón puesto al servicio de la palabra y ésta al del entendimiento, como decía de las diferencias, circunstancias, momentos y vicisitudes vitales. Por tanto, utiliza el poeta un lenguaje sencillo, directo, profundo, evocando imágenes y metáforas al servicio de estas consideraciones. Y provocando con ello, la toma de postura, la integración del lector en su escritura, la solidaridad colectiva con el drama humano que nos transmite.

Recorre este diálogo, entre el padre y su hijo, los momentos principales de su vida compartida, entre los tres apartados en que se organiza el poemario:

Desde las ilusiones iniciales, en Todas las mariposas en tus manos, al encuentro con el otro y sus circunstancias, nos habla del deseo: “Al fondo de las ganas, te veo.”, “Antes de los deseos, / se apagó la vela / de todos los cumpleaños”, “Ale ya vinió”. De la necesidad del encuentro: “Tender puentes / entre silencios y ruidos“. De la conciencia de la soledad ante la dificultad de comunicarnos: “Seguimos solos, demasiado solos”, “Perdí el rastro / de las mariposas. / Tu vuelo.”, “En ese laberinto / me pierdo”, “Todo lo dicen algunos silencios”. De la conciencia, también, de las circunstancias impuestas y la diferencia del otro: “Como luz que el cristal quebró / llegaste. / A destiempo”, “Te quedaste para siempre / en el borde de unas alas.” Pero también, nos dice el poeta de la esperanza: “aprendimos a amarte”, “Jugamos a quitarnos el miedo”, “Decoramos el horizonte / con esperanzas.

Pasando por el conflicto y las dificultades que impone la propia vida, en Puentes de Silencio, nos dice el poeta y su hijo: “Todo está mal, / y no importa, me dicen, / pero está mal.”, “No hay explicación”, “este silencio muerto / de pájaros sin viento. / Sin ti.”. A veces, también, en el recorrido se pierde la esperanza: “Esclavo de estas horas / en las que velo tu espanto”, “Qué hacer cuando no quedan esperanzas, / cuando se ciernen los silencios / y no hay respuestas.”, “Tampoco sé / por qué ya no está en casa. / Quiero que vengas, / y cuando vienes te pego”, “Qué decir cuando no hay palabras”. Para reafirmar lo único que mantiene, precisamente, la esperanza: “Te quiero desde el primer llanto, / hasta el último golpe te quiero.”

Para llegar a la actualidad donde, en Viejas preguntas, canciones nuevas, el poeta y su hijo, el padre que necesita y el hijo que encuentra, comparten su devenir, y nos dicen: “todo empieza de nuevo”, “Y te pido perdón”. Nos habla de la ausencia: “contarte las ausencias / por silencios de tus risas, / tus canciones.”, “A media tarde se despierta / el letargo triste de tu ausencia. / Me quedo prendido a los recuerdos, / esperando renacer en tu mirada. “, “Te echo de menos, / ya lo sabes.”. Desde la conciencia de estar compartiendo el mismo mar que los abrasa: “Hay una sensación de calma y tormenta / cada vez que enfilas la casa.”, “perdimos la vida / de pura impaciencia.”, “Una herida inmaculada en tu espalda / de alas que nunca fueron”. Surge de nuevo la esperanza: “podrás, / al fin, / alzarte en vuelo.”, “La vida, / respirando por ti”. En la certeza del encuentro: “lo más nítido / de este aliento que es la vida, / lo encontré / en tus manos voladoras”, “A destiempo / nos hicimos, / como mariposas, / a fuego lento.”. La esperanza en el futuro: ya es tiempo de muebles blancos / y ventanas nuevas que acercan el mar”, “la paciencia de entendernos, / sin rehuir la mirada.”

En conclusión, es un poemario profundo, pero sencillo en su concepción, que apuesta por una poética desde el otro, desde la necesidad de un diálogo vital y la ternura del encuentro, por establecer puentes entre las personas y sus circunstancias personales, que son las que son, de optar por la esperanza más allá de la incomprensión, el silencio, el miedo y el dolor cotidiano. Y que, en definitiva, nos invita a que podemos aprender también, yendo más allá, a reconocer la poética de la propia vida.

 

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Entrevista en Radio ECCA sobre el poemario “Con la que no tiene palabras. Poética con Alejandro”

“Nuevo poemario: Con la que no tiene palabras, poética con Alejandro. Helio Ayala”

El 2 de abril se presenta, en el Patio interior del Cabildo de Gran Canaria, nuevo libro de Helio Ayala, titulada “Con la que no tiene palabras. Poética con Alejandro. Repasamos con el autor los pormenores de esta obra que encierra muchos sentimientos.

Escucha la entrevista

 
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Publicado por en marzo 27, 2018 en Sin categoría

 

Presentación del poemario “Con la que no tiene palabras. Poética con Alejandro”

Cuadernos la Gueldera. Centro Canario Estudios Caribeños -El Atlántico-,

 Las Palmas de G.C. 2018

Poner palabras al silencio no es sólo difícil, sino imposible, y hasta si me lo permiten, una profanación. Por eso este poemario ha sido previamente un diario, unos relatos y hasta un intento de novela, pero posiblemente la única y más pura forma de comunicarnos sea la poesía.

Este poemario tiene dos voces, la de Alejandro, que es la voz de lo esencial, sin vuelta de hoja, la voz sincera de quien quiere hacerse entender entre el caos y el ruido de nuestra realidad. Esa voz que hemos intentado comprender, descubrir y hacer nuestra los que compartimos con él la vida. Es una voz inocente y directa, una voz sin dobles intenciones, sin metáforas que distorsionen su verdad. Es una voz que se vuelve misterio cuando no estamos en la misma frecuencia, una voz que enseña a mirar la realidad desde otra orilla, una orilla de la que, con mucha frecuencia, nos alejamos sin darnos cuenta, y entonces provoca miedo, tristeza y hasta espanto.

La otra voz es la del que observa desde el otro lado del puente, tratando de comprender. Con demasiados prejuicios para cruzar, convencido a veces de que la verdad está en este otro lado y, desde ahí, arrolla y arrastra, en vez de dejarse llevar, de fluir con la inocencia.

Comprendimos tarde la poética de Alejandro, -ya sé hijo, que es más difícil que el japonés-. Quizás por eso se han caído tantos poemas por el camino, y ni siquiera los que han quedado nos dan para entendernos.

Hoy les entrego este diálogo, este ejercicio de buscarnos en los imposibles, en los miedos, en las infinitas risas que cada tarde siguen volando, desde su decirse hasta nuestro entendernos. Sólo espero que sirva para hacerlos más visibles, para integrarnos en su mundo.

Me gustaría que fuera también un canto de esperanza para todas aquellas familias que, demasiado solas, luchan a diario por hacerles este mundo más habitable, más comprensible. Es cierto que las dos primeras partes del poemario tienen demasiados nubarrones, demasiados escombros. Pero es un diario de esperanza, unas cartas al arcoíris que anuncian luz, sol y playas en verano, para no saber, ya, lo que es el miedo los domingos por la tarde.

Con la que no tiene palabras

Todas tus miradas tienden a infinito.

Buscas gestos o echas cuentas

en las pausas de la radio.

El semáforo en ámbar

es la tregua que pactamos.

Todos tus silencios campan a sus anchas.

Tardaste en percibir

las urgentes grafías del japonés,

el genoma de esas letras

que danzan entre nosotros,

trino de nubes por despejar,

horizontes que nunca llegan.

¿Acaso se puede apresar una ola con las manos,

las risas viejas en un tarro de mermelada?

«La que no tiene palabras, no se puede decir»,

ni siquiera chillando nos llega.

Sigues cantando los intentos,

la dicción perfecta de los mudos,

la lengua muerta de los huracanes.

«No sé. Será», dices,

como preludio de las dietas.

Ahora,

la paciencia de entendernos,

sin rehuir la mirada.

Y bailas calendarios con las manos

mientras un perro bruto,

te muerde los cordones.

 
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Publicado por en marzo 20, 2018 en Sin categoría

 

Entre brumas

Brumas

(c) Autor Helio Ayala

Veo la triste sombra de un hombre y su cuenco de arroz seco,

las sandalias rotas de todos los buscadores de horizontes,

las hojas verdes de un sauce que reza sin dios,

los templos donde olvidamos el descuido.

Hay una mujer pariendo el silencio.

La última abeja, liba mi sangre.

Los ríos vienen de mugre

anunciando con desgana más muerte.

Ya no hay nada que guardar, ni siquiera la memoria.

En el lodo de la historia, no anidan los nenúfares.

 

Quién nos dirá lo torpes que fuimos cuando no quede nada que decir,

Quién nos contará que hubo lugares que no supimos guardar de nosotros,

palabras que debimos repetir para que no fueran polvo de olvido.

Quién juzgará entonces tanta pérdida, la triste tortura del recuerdo.

 

Sin embargo, hay un naciente en el corazón del bosque que nos mira,

en lo hondo de una gruta donde nadie entra.

Un hilo de luz y de agua, que es toda esperanza.

Aún queda un ave volando entre el cielo y la tierra,

un canto ancestral entre la bruma.

 
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Publicado por en julio 26, 2017 en Poemario

 

El hombre de las mil caras

Después de que sonara el teléfono, se te cayó la cara de vergüenza.

Con el móvil apretado entre el hombro y la oreja, tanteas el suelo durante un rato. Decides parar, al darte un golpe con la esquina de la mesa, en lo que fue tu frente. Buscas el sillón detrás de ella y te dejas caer. Que debía comprenderlo, que unas veces se gana y otras se pierde.  No oye ni una palabra, no tienes boca con qué, y le cuelgas para no escuchar más sus lágrimas.

Te levantas y vas a mirarte en el reflejo de ese horrible grabado de la época oscura de Picasso, alguien debió colgarlo para que sirviera casi de espejo. Qué tontería, no puedes verte. Pasas tus manos por la cara, y lo ves con el tacto. Eres algo así como Juan sin rostro.

Las gotas de sudor resbalan casi en vertical. Llamas a la secretaria y nadie acude. Decides moverte arrastrando los pies, a ver si así detectas algo que pueda parecerse a una nariz, unos labios. Pisas con cuidado no sea que vayas a estallar los ojos. Nada. Vuelves al sillón, llamas de nuevo a Pilar, no te oye.

Tanteas con las manos sobre la mesa, te vuelves a tocar el rostro por ver si sólo ha sido una primera impresión, pero no hay nada, solo una superficie lisa, fría, sin barba de tres días, sin el vaho de la nariz o la boca. No sientes nada, solo quedan las orejas.

Decides salir del despacho, te mueves con soltura, como en esas ocasiones cuando sueñas que te quedas dormido al volante, pero el instinto y el conocimiento de la ruta te permiten guiar como siempre, con la terrible sensación de que la próxima será la última curva de tu vida. Llegas hasta el ascensor sin percances. Sólo un rumor a tu espalda, ¿qué cara más larga, le pasará algo? ¿Don Juan, se encuentra bien?

Entras en el ascensor sin decir nada, desubicado, notando cómo, lo que era tu cara, te está llegando ya a la altura del ombligo. Palpas la prominencia y comienzas a entrar en pánico.

Así no puedes conducir, la nocara agigantada te impedirá maniobrar al volante. Ya en la calle, te adelantas a coger el taxi que una señora sin perfume acaba de parar en la puerta de la sucursal. ¡Qué cara más dura! Dice mientras torpemente la apartas para entrar dentro del vehículo. Ni qué decir tiene, que cuando te acomodas en el asiento trasero y das tu dirección, sientes las protuberancias rocosas que salpican ahora lo que hace un rato era tu imagen.

Llegas. Se asombra el portero, que saluda la extrañeza de verte a esas horas por el edificio. Estos señoritingos de corbata tienen más cara que espalada, entre dientes. Y tú notas que aquello crece más allá de tu entrepierna.

Abres, acaricias a Bruno y vas hasta la alcoba sin prestar atención al saludo de la chica guatemalteca, que esta mañana te puso el desayuno como a ti te gusta. ¡Fuerte hombre más mal encarado! Justo en el instante en que sientes que todo aquello gira hacia tu izquierda, amenazando con partirte el cuello en dos, y los pedruscos se enmohecen, y hay una baba que no sabes de dónde sale, te dejas caer sobre la cama. Y llega Margarita, y te empieza a echar en cara tantas cosas, que te hundes y te hundes en el colchón. Y qué si tú te crees que se puede ir por la vida con esa cara, y que ya está bien de mirar para otro lado. Y se te inflama el lado derecho, y aparece un ojo, sólo un ojo gigantesco que se abre, y la luz duele, y te incorporas de un golpe, y ella se asusta a tu lado, y te mira, y te dice:

¡Por Dios Santo! Vete a la lavarte esa cara de muerto.

Y caes desplomado.

Del libro de cuentos aún inédito “Las caras que el miedo no tuvo”

 

 
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Publicado por en julio 26, 2017 en Relatos