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Archivo de la categoría: Relatos

El hombre de las mil caras

Después de que sonara el teléfono, se te cayó la cara de vergüenza.

Con el móvil apretado entre el hombro y la oreja, tanteas el suelo durante un rato. Decides parar, al darte un golpe con la esquina de la mesa, en lo que fue tu frente. Buscas el sillón detrás de ella y te dejas caer. Que debía comprenderlo, que unas veces se gana y otras se pierde.  No oye ni una palabra, no tienes boca con qué, y le cuelgas para no escuchar más sus lágrimas.

Te levantas y vas a mirarte en el reflejo de ese horrible grabado de la época oscura de Picasso, alguien debió colgarlo para que sirviera casi de espejo. Qué tontería, no puedes verte. Pasas tus manos por la cara, y lo ves con el tacto. Eres algo así como Juan sin rostro.

Las gotas de sudor resbalan casi en vertical. Llamas a la secretaria y nadie acude. Decides moverte arrastrando los pies, a ver si así detectas algo que pueda parecerse a una nariz, unos labios. Pisas con cuidado no sea que vayas a estallar los ojos. Nada. Vuelves al sillón, llamas de nuevo a Pilar, no te oye.

Tanteas con las manos sobre la mesa, te vuelves a tocar el rostro por ver si sólo ha sido una primera impresión, pero no hay nada, solo una superficie lisa, fría, sin barba de tres días, sin el vaho de la nariz o la boca. No sientes nada, solo quedan las orejas.

Decides salir del despacho, te mueves con soltura, como en esas ocasiones cuando sueñas que te quedas dormido al volante, pero el instinto y el conocimiento de la ruta te permiten guiar como siempre, con la terrible sensación de que la próxima será la última curva de tu vida. Llegas hasta el ascensor sin percances. Sólo un rumor a tu espalda, ¿qué cara más larga, le pasará algo? ¿Don Juan, se encuentra bien?

Entras en el ascensor sin decir nada, desubicado, notando cómo, lo que era tu cara, te está llegando ya a la altura del ombligo. Palpas la prominencia y comienzas a entrar en pánico.

Así no puedes conducir, la nocara agigantada te impedirá maniobrar al volante. Ya en la calle, te adelantas a coger el taxi que una señora sin perfume acaba de parar en la puerta de la sucursal. ¡Qué cara más dura! Dice mientras torpemente la apartas para entrar dentro del vehículo. Ni qué decir tiene, que cuando te acomodas en el asiento trasero y das tu dirección, sientes las protuberancias rocosas que salpican ahora lo que hace un rato era tu imagen.

Llegas. Se asombra el portero, que saluda la extrañeza de verte a esas horas por el edificio. Estos señoritingos de corbata tienen más cara que espalada, entre dientes. Y tú notas que aquello crece más allá de tu entrepierna.

Abres, acaricias a Bruno y vas hasta la alcoba sin prestar atención al saludo de la chica guatemalteca, que esta mañana te puso el desayuno como a ti te gusta. ¡Fuerte hombre más mal encarado! Justo en el instante en que sientes que todo aquello gira hacia tu izquierda, amenazando con partirte el cuello en dos, y los pedruscos se enmohecen, y hay una baba que no sabes de dónde sale, te dejas caer sobre la cama. Y llega Margarita, y te empieza a echar en cara tantas cosas, que te hundes y te hundes en el colchón. Y qué si tú te crees que se puede ir por la vida con esa cara, y que ya está bien de mirar para otro lado. Y se te inflama el lado derecho, y aparece un ojo, sólo un ojo gigantesco que se abre, y la luz duele, y te incorporas de un golpe, y ella se asusta a tu lado, y te mira, y te dice:

¡Por Dios Santo! Vete a la lavarte esa cara de muerto.

Y caes desplomado.

Del libro de cuentos aún inédito “Las caras que el miedo no tuvo”

 

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Publicado por en julio 26, 2017 en Relatos

 

Nosotros, los de entonces

Muchas veces te lo dije.

Tú te reías, y hacías aspavientos. Y yo, que cuidado, que las cosas ya no son como parecen, y para eso no hay vacuna. Los virus más peligrosos, ni se ven venir.

 Les dejamos. Nos pusimos a la intemperie. Y tú, que qué exageraciones. Es agotador nadar contra corriente.

Lo cierto es, que ya no somos. Y se nos enfría más pronto el café. Y se pasan las tardes. Y bueno, ya si eso, mañana. Si nada nuevo aparece, ya no me miras, por si acaso. Algún bufido extraño por respuesta. A veces nos observamos tan perdidos, desde el otro lado de nuestras vidas. Y sin embargo qué desnudos. Y a pecho descubierto, nos conformamos con amigos que no elegimos. Les tenemos a todos en casa, van con nosotros a la playa y a la oficina. Cuando hacíamos el amor, estaban. Y nosotros recordando, pensado cómo éramos antes de mirarnos sólo los pies, cuando dilatábamos las medias tardes porque el tiempo no nos daba para tanto. Ahora ya ves, ahí tumbados. Algunos ratos se hacen insufribles entre pajaritos metálicos y frías emociones encriptadas.

 Es cierto, les dimos toda facilidad. Ingenuos o borrachos de ego, pusimos en sus manos nuestras llaves, los recuerdos, nuestros viajes, la música que ya no oímos, todas nuestras cartas boca arriba. Y se supo lo nuestro desde antes de que fuéramos. Mis sueños de ser alguien desgranando letras, tus pensamientos más obscenos, lo que comprabas a deshoras, lo que dejamos de leer. Supieron de tus gustos y mis rechazos. Y cuando volvías tarde a casa, lo sabían antes de que entraras y encendieras la luz para buscar el cargador.

Y estábamos muertos antes de morirte. Y supieron que te había fallado aquella noche. Y no me diste el último beso. Y te levantaste preocupado, porque nadie te hizo caso, ni en tus sueños. Y estabas al margen de todos. Y el café te supo a rayos. Y te vestiste a desgana. Y no tenías tiempo de pasar por una tienda. Y estábamos muertos antes de que te mataran. Y te mató la furgoneta que no viste, porque le sonó el «Qué pasa» a la vieja que iba a cruzar a tu lado, y creíste que era el grupo de desconocidos, y echaste mano al bolsillo por si la resurrección. Y ella no pudo retenerte, porque ibas enfilado. Y yo, desde la Window, oí el pitidito, y eran ellos, los que siempre están aunque no se les vea, los que nos descubrieron, formaron peña, y decidieron seguirnos a todos lados. Y quedaste tendido en la calle. Y no sé si se dieron a la fuga, o nunca estuvieron. No salen en las fotos que hice de tu muerte. Y fuimos al fin Trending Topic en las redes. Y me piden amistad otros que dicen conocerte. Y sigues, pero no estás ¿No estás, o no has sido?

Y ya no lloro porque me faltas desde hace mucho. Creo que están borrando tu rastro. Ya no me acuerdo. Yo también me estoy quedando sin batería.

Publicado en el nº2 de la revista “Arte y Cultura”. Febrero 2015

 
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Publicado por en febrero 10, 2015 en Relatos

 

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Purorrelato 2013

sahara-libre3“Tan cerca, tan lejos”

Casa África ha publicado  el relato “Tan cerca, tan lejos” (Pág. 70), que envié al certamen “Purorrelato”. Me alegro sobre todo porque para mí era una llamada de atención a esta institución para que no olvide que, aunque les han usurpado su tierra, el pueblo saharaui existe y forma parte de África. SAHARA LIBRE!

http://www.casafrica.es/casafrica/Publicaciones/Purorrelato2013.pdf

En el patio arenado de la escuela, la maestra les explicaba en qué consistía el programa. Los mayores, los ya viajados, intervenían a su requerimiento para ratificar lo que ella contaba.

Nunca había ido más allá de aquellas jaimas. La hamada había sido su hábitat de siempre. Ahora viajaría a unas islas que estaban extrañamente cerca y lejos a la vez.

Las primeras semanas fueron duras, todo le era extraño, no entendía nada, ni era capaz de hacerse entender. Las sensaciones le desbordaban, nada era como había imaginado.

La familia que le acogió en Gran Canaria le llevó a ver el mar, a partir de ese día, todo fue mejor. En sus viajes, durante cuatro años, cuando sentía la nostalgia de casa, pisar la arena de Las Canteras le traía hasta sus pies las dunas de Smara.

Aprendió mucho mejor el castellano. Supo que más allá del destino está la voluntad y la solidaridad humana. Vivió ocho meses de su vida la experiencia de no faltarle de nada. Comprendió el término justicia.

La que sería para siempre su otra familia, vivía en Plazoleta de Perón. Desde el balcón de la casa, siempre vio aquella fachada inconclusa. La noche antes de su último regreso, lo hicieron. Bajaron con sigilo, y en la fachada de Casa África, donde estaban las demás banderas, colgaron la que faltaba. Abrazados, supieron que al fin se había hecho justicia. Ahora sí era la casa de todos.

 
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Publicado por en febrero 1, 2014 en Relatos

 

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Revista Shukran, nº 36

Revista Shukran, nº 36

Revista Shukran, nº 36   En la página 23 de este número de la revista Shukran, participo con un pequeño relato y un poema.
 
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Publicado por en septiembre 30, 2012 en Poemario, Prensa, Relatos

 

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El cazo de Lorenzo

Un bonito cuento.

Gracias Fer.

 

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