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Presentación del poemario “Con la que no tiene palabras. Poética con Alejandro”

Cuadernos la Gueldera. Centro Canario Estudios Caribeños -El Atlántico-,

 Las Palmas de G.C. 2018

Poner palabras al silencio no es sólo difícil, sino imposible, y hasta si me lo permiten, una profanación. Por eso este poemario ha sido previamente un diario, unos relatos y hasta un intento de novela, pero posiblemente la única y más pura forma de comunicarnos sea la poesía.

Este poemario tiene dos voces, la de Alejandro, que es la voz de lo esencial, sin vuelta de hoja, la voz sincera de quien quiere hacerse entender entre el caos y el ruido de nuestra realidad. Esa voz que hemos intentado comprender, descubrir y hacer nuestra los que compartimos con él la vida. Es una voz inocente y directa, una voz sin dobles intenciones, sin metáforas que distorsionen su verdad. Es una voz que se vuelve misterio cuando no estamos en la misma frecuencia, una voz que enseña a mirar la realidad desde otra orilla, una orilla de la que, con mucha frecuencia, nos alejamos sin darnos cuenta, y entonces provoca miedo, tristeza y hasta espanto.

La otra voz es la del que observa desde el otro lado del puente, tratando de comprender. Con demasiados prejuicios para cruzar, convencido a veces de que la verdad está en este otro lado y, desde ahí, arrolla y arrastra, en vez de dejarse llevar, de fluir con la inocencia.

Comprendimos tarde la poética de Alejandro, -ya sé hijo, que es más difícil que el japonés-. Quizás por eso se han caído tantos poemas por el camino, y ni siquiera los que han quedado nos dan para entendernos.

Hoy les entrego este diálogo, este ejercicio de buscarnos en los imposibles, en los miedos, en las infinitas risas que cada tarde siguen volando, desde su decirse hasta nuestro entendernos. Sólo espero que sirva para hacerlos más visibles, para integrarnos en su mundo.

Me gustaría que fuera también un canto de esperanza para todas aquellas familias que, demasiado solas, luchan a diario por hacerles este mundo más habitable, más comprensible. Es cierto que las dos primeras partes del poemario tienen demasiados nubarrones, demasiados escombros. Pero es un diario de esperanza, unas cartas al arcoíris que anuncian luz, sol y playas en verano, para no saber, ya, lo que es el miedo los domingos por la tarde.

Con la que no tiene palabras

Todas tus miradas tienden a infinito.

Buscas gestos o echas cuentas

en las pausas de la radio.

El semáforo en ámbar

es la tregua que pactamos.

Todos tus silencios campan a sus anchas.

Tardaste en percibir

las urgentes grafías del japonés,

el genoma de esas letras

que danzan entre nosotros,

trino de nubes por despejar,

horizontes que nunca llegan.

¿Acaso se puede apresar una ola con las manos,

las risas viejas en un tarro de mermelada?

«La que no tiene palabras, no se puede decir»,

ni siquiera chillando nos llega.

Sigues cantando los intentos,

la dicción perfecta de los mudos,

la lengua muerta de los huracanes.

«No sé. Será», dices,

como preludio de las dietas.

Ahora,

la paciencia de entendernos,

sin rehuir la mirada.

Y bailas calendarios con las manos

mientras un perro bruto,

te muerde los cordones.

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Publicado por en marzo 20, 2018 en Sin categoría

 

Entre brumas

Brumas

(c) Autor Helio Ayala

Veo la triste sombra de un hombre y su cuenco de arroz seco,

las sandalias rotas de todos los buscadores de horizontes,

las hojas verdes de un sauce que reza sin dios,

los templos donde olvidamos el descuido.

Hay una mujer pariendo el silencio.

La última abeja, liba mi sangre.

Los ríos vienen de mugre

anunciando con desgana más muerte.

Ya no hay nada que guardar, ni siquiera la memoria.

En el lodo de la historia, no anidan los nenúfares.

 

Quién nos dirá lo torpes que fuimos cuando no quede nada que decir,

Quién nos contará que hubo lugares que no supimos guardar de nosotros,

palabras que debimos repetir para que no fueran polvo de olvido.

Quién juzgará entonces tanta pérdida, la triste tortura del recuerdo.

 

Sin embargo, hay un naciente en el corazón del bosque que nos mira,

en lo hondo de una gruta donde nadie entra.

Un hilo de luz y de agua, que es toda esperanza.

Aún queda un ave volando entre el cielo y la tierra,

un canto ancestral entre la bruma.

 
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Publicado por en julio 26, 2017 en Poemario

 

El hombre de las mil caras

Después de que sonara el teléfono, se te cayó la cara de vergüenza.

Con el móvil apretado entre el hombro y la oreja, tanteas el suelo durante un rato. Decides parar, al darte un golpe con la esquina de la mesa, en lo que fue tu frente. Buscas el sillón detrás de ella y te dejas caer. Que debía comprenderlo, que unas veces se gana y otras se pierde.  No oye ni una palabra, no tienes boca con qué, y le cuelgas para no escuchar más sus lágrimas.

Te levantas y vas a mirarte en el reflejo de ese horrible grabado de la época oscura de Picasso, alguien debió colgarlo para que sirviera casi de espejo. Qué tontería, no puedes verte. Pasas tus manos por la cara, y lo ves con el tacto. Eres algo así como Juan sin rostro.

Las gotas de sudor resbalan casi en vertical. Llamas a la secretaria y nadie acude. Decides moverte arrastrando los pies, a ver si así detectas algo que pueda parecerse a una nariz, unos labios. Pisas con cuidado no sea que vayas a estallar los ojos. Nada. Vuelves al sillón, llamas de nuevo a Pilar, no te oye.

Tanteas con las manos sobre la mesa, te vuelves a tocar el rostro por ver si sólo ha sido una primera impresión, pero no hay nada, solo una superficie lisa, fría, sin barba de tres días, sin el vaho de la nariz o la boca. No sientes nada, solo quedan las orejas.

Decides salir del despacho, te mueves con soltura, como en esas ocasiones cuando sueñas que te quedas dormido al volante, pero el instinto y el conocimiento de la ruta te permiten guiar como siempre, con la terrible sensación de que la próxima será la última curva de tu vida. Llegas hasta el ascensor sin percances. Sólo un rumor a tu espalda, ¿qué cara más larga, le pasará algo? ¿Don Juan, se encuentra bien?

Entras en el ascensor sin decir nada, desubicado, notando cómo, lo que era tu cara, te está llegando ya a la altura del ombligo. Palpas la prominencia y comienzas a entrar en pánico.

Así no puedes conducir, la nocara agigantada te impedirá maniobrar al volante. Ya en la calle, te adelantas a coger el taxi que una señora sin perfume acaba de parar en la puerta de la sucursal. ¡Qué cara más dura! Dice mientras torpemente la apartas para entrar dentro del vehículo. Ni qué decir tiene, que cuando te acomodas en el asiento trasero y das tu dirección, sientes las protuberancias rocosas que salpican ahora lo que hace un rato era tu imagen.

Llegas. Se asombra el portero, que saluda la extrañeza de verte a esas horas por el edificio. Estos señoritingos de corbata tienen más cara que espalada, entre dientes. Y tú notas que aquello crece más allá de tu entrepierna.

Abres, acaricias a Bruno y vas hasta la alcoba sin prestar atención al saludo de la chica guatemalteca, que esta mañana te puso el desayuno como a ti te gusta. ¡Fuerte hombre más mal encarado! Justo en el instante en que sientes que todo aquello gira hacia tu izquierda, amenazando con partirte el cuello en dos, y los pedruscos se enmohecen, y hay una baba que no sabes de dónde sale, te dejas caer sobre la cama. Y llega Margarita, y te empieza a echar en cara tantas cosas, que te hundes y te hundes en el colchón. Y qué si tú te crees que se puede ir por la vida con esa cara, y que ya está bien de mirar para otro lado. Y se te inflama el lado derecho, y aparece un ojo, sólo un ojo gigantesco que se abre, y la luz duele, y te incorporas de un golpe, y ella se asusta a tu lado, y te mira, y te dice:

¡Por Dios Santo! Vete a la lavarte esa cara de muerto.

Y caes desplomado.

Del libro de cuentos aún inédito “Las caras que el miedo no tuvo”

 

 
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Publicado por en julio 26, 2017 en Relatos

 

Nómada

Déjame que lave tus pies cansados,

del polvo,

del camino,

del olvido.

No importa de dónde vienes,

ni adónde los pasos te llevan.

Sólo sé que hoy estás

en esta humilde jaima del encuentro.

Déjame que te alimente,

que cobije tus estrellas.

La luna, apenas brilla,

escondida en la nostalgia de la noche,

en el sabor amargo de este té,

que a orillas del silencio compartimos.

Mañana, tras el rezo,

pon rumbo al destino,

y si llegas antes,

diles

que sigue la frente altiva,

dispuestas las manos,

el corazón

en cada soplo de las dunas.

Llévame hasta la loma

donde la libertad no tiene inviernos.

Compón un canto,

un himno para las escuelas.

Que los niños del destierro

no olviden a los mártires,

a los que acunan la arena

hasta que el viento del desierto,

nos devuelva la tierra,

el mar,

todas las lágrimas que derramamos.

 

20 de mayo de 2017. 44º aniversario del alzamiento del Frente Polisario.

 
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Publicado por en mayo 21, 2017 en Poemario

 

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Del camino

Mañana pienso levantarme por el lado loco de la cama,depositphotos_24678923-boy-does-yoga-exercises-in

saltaré al mundo desde la azotea donde cuelgan sueños,

pondré la música más alta que los miedos,

y miraré con calma las huellas que desdibujaron las mareas.

Mañana plantaré gérmenes de caricias y caramelos

en el valle de las tardes, en que en otros tiempos ,nos tocó llorar.

Regaré despacio, con la quietud de las alas que no tengo,

los fracasos que prendieron victorias en las manos.

Mañana miraré tus ojos,

y sabré que volvimos de todos los naufragios,

que supimos encontrarnos más allá de los crepúsculos,

que tú estabas esperándome, y yo, más de una vez llegué con retraso.

Y aquí estamos tirando por tierra todos los pronósticos.

Mañana emprenderé, la otra mitad del camino, el que aún quede.

Me lavaré la cara, me calzaré la camisa de los anhelos, los pies siempre descalzos,

y tiraré para adelante con todas las manos que me tendieron.

Mañana, nada más despertarme.

 
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Publicado por en diciembre 20, 2016 en Poemario

 

Luminarias

Han vuelto a adornar las calles,

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luminarias falsas de bajo consumo.

Estampitas de colores que ocultan borrones.

Frases hechas de felicidad caduca.

Los viernes negros se extienden

más allá de los eslóganes de noviembre.

Y tocan palmaditas en la espalda,

conjuros de mentiras,

cenas que no atragantan.

Mucho alcohol para pasar el trago

del último telediario del año,

donde nadie nos dirá

cómo será la vieja noche

en los rincones del planeta

donde no se cena,

ni se bebe,

y él único deseo posible es

que al menos por esa noche

no se iluminen los cielos.

 
 

Sin remordimientos

Nos tocó nacer a este lado de la trinchera,

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donde la muerte es un episodio de otros

y aún trinan alegres pájaros al alba.

Nos tocó ver de lejos los escombros,

esquivar las virutas del dolor sin esfuerzo,

pasar de puntillas por las pérdidas

y aún nos queda tiempo para atardecer.

Nos tocó podar miradas

sin demasiadas prudencias,

sin tiempo apenas para pensar en inciertos,

y aún tenemos la despensa llena de futuros.

Nos tocó seguir soñando,

seguir celebrando rasguños de vida

sin demasiados sobresaltos

sin demasiadas preguntas.

Nos tocó disparar primero,

sembrar de sangre todo horizonte.

Despertar luego,

sin demasiados remordimientos.