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Archivo de la etiqueta: Esperanza

FELIZ VERANO, Almudena Grandes

Hay muchas cosas buenas que salen gratis. Pasear por la mañana temprano, cuando el sol es tierno, tímido como la brisa que coquetea con las hojas de los árboles. Caminar de madrugada por calles tan llenas de gente como en los mediodías del invierno, para asombrarse de la euforia silenciosa de las parejas que se besan en los bancos, o apoyadas en los pilares de las plazas porticadas. Los que viven cerca del mar lo tienen fácil, pero también es una fiesta meter en una tartera la comida prevista para consumir en casa, despacharla sobre una manta, en la hierba de algún parque, y tumbarse después a la sombra. Asistir a los conciertos de las bandas que suelen tocar en quioscos de parques y plazas mayores los domingos por la mañana. Y frecuentar las bibliotecas públicas, mientras duren.

Hay muchas cosas buenas que salen muy baratas. Una botella de vino para beberla despacio, en casa, al atardecer y entre amigos. Un buen libro de bolsillo, que proporciona una emoción que dura más que el vino y cuesta casi lo mismo. Un cine de verano, el lugar ideal para hacer manitas. Una ración de ensaladilla rusa y dos cañas, en la terraza de un bar cualquiera, antes o después del cine de verano. Enamorarse es un milagro todavía más barato, tan caro que, sin embargo, no se puede fabricar.

El verano es el tiempo de la felicidad. Apúrenlo y no piensen en el invierno que nos espera. Porque nuestros abuelos lo tuvieron muchísimo peor que nosotros y si no hubieran vivido, si no hubieran sabido disfrutar de la vida, si no se hubieran enamorado en tiempos atroces, nosotros no estaríamos aquí. Si existe una cosa que sabemos hacer bien los españoles es ser pobres. Lo hemos sido casi siempre, pero eso no nos ha hecho más desgraciados, ni más tristes que los demás. Recuérdenlo y sean felices, porque la felicidad también es una forma de resistir.

Publicado en El País 9 JUL 2012

 
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Publicado por en julio 26, 2012 en El margullo de otr@s

 

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El sentido del horror

La mejor terapia para los tiempo que corren debe ser el sentido del humor. Nada nuevo. A mal tiempo buena cara. Algunos de mis alumnos y alumnas, me reciben siempre con un: “Profe, un chiste”. Con el humor me los gané cuando peor nos iba.

Crisis, deshumanización, tragedias naturales y sociales, corrupción, relativismo ético, perdida del sentido, fracaso social… ¿Dónde escondimos la felicidad? ¿cuándo se instaló en nosotros esta terrible sensación de abismo, este inagotable sentido del horror?

Necesito que alguien me cuente un chiste.

 

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No te olvides que los primeros en levantarse fueron los saharauis.

 Los procesos históricos están llenos de héroes, de profetas, de pueblos que se convierten en protagonistas y testigos para la humanidad.

 Posiblemente en estos días estamos asistiendo a una auténtica revolución, o a varias; y una vez más, son los más humildes, los más sencillos, los desheredados, los parias, los que están poniéndolo todo para que algo cambie. El nuevo orden internacional, el escenario de la posglobalización  lo están diseñando las gentes del sur.

 Bolivia, Venezuela, Brasil, Túnez, Egipto… la ola está creciendo y el tsunami del hartazgo está llegando a las costas donde los potentados del planeta creían que gozarían de sol y playa para siempre.

 Los grandes organismos internacionales, las viejas democracias, los valedores de la libertad están temblando y no saben por cuanto tiempo más podrán seguir callando; pero no será por mucho tiempo, dentro de poco querrán hacerse una foto, querrán decir que ellos están con lo pueblos, que se alegran -con una mueca extraña- de que los pueblo, al fin, se hayan liberado de los dictadores que ellos les pusieron, a los que le estrechaban las manos y les daban besos hace unos meses y ahora les tienen que dictar órdenes internacionales de búsqueda y captura. ¡Qué hipocresía tan grande!

Cuando lleguen ese momento, cuando lleguen las fotos,  los discursos para la historia, las nuevas alianzas; cuando llegue la desvergüenza, espero que nadie se olvide, que todos ellos callaron y miraron para otro lado. Y que tampoco olviden, que el Sáhara se levantó primero.  

 

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La noche que rompieron el silencio

 

 No entendían que pasaba, pero lo cierto, era que las calles hervían. Niños que reían y lloraban, mujeres que iban y venían buscando y dejando cosas, hombres que se afanaban en conseguir o en prestarse un vehículo; y ancianos, ancianos que sonreían y alzaban los brazos dando gracias a Ala porque al fin se movía algo en aquel desierto impasible, en aquella eternidad silente.

 Les vieron pasar a toda prisa, como una tormenta de arena, se cubrieron la cara entre la sorpresa y el espanto.

 Se echaron a volar, como los sueños que dejan atrás cualquier atisbo de pesadilla. Se levantaron y se calzaron de nuevo las sandalias del exilio, las que siempre guardaron, no para salir corriendo sino para poder llegar a la esperanza, a la tierra prometida, al campamento de la libertad.

 Pusieron controles, alzaron nuevos muros, trenzaron espinos, empuñaron las armas y apretaron los dientes.

 La verdad no tiene fronteras, la razón no sabe de miedos, la esperanza y la justicia no pasan sed, pero tienen un hambre atroz.

 Por la tarde llegó el silencio, sólo roto por aquella ráfaga de los que se instalaron en la miseria, de los miserables. Por la noche llegó la muerte, un manto de silencio negro, de preguntas sin respuesta, de lágrimas sin consuelo. Cada bala quiso ser un punto y final, pero te juro por todas las victimas, que sólo fueron puntos suspensivos…

 

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Los olvidados en San José

 

Todos los focos y las buenas intensiones se centraron en aquel hueco que se abrió para la esperanza. Ahora, que las luces y las cámaras se apagan, me pregunto qué ocurriría si empleáramos la misma atención, las mismas intenciones, los mismos esfuerzo en sacar del pozo a todos los que a diario se hunden más y más en las profundidades del olvido.

 

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Diario de una esperanza (V)

Hoy me tocará preparar la maleta. ¡Qué difícil es planchar todos los recuerdos!

Los malos ratos he decidido dejarlos, no porque abulten mucho, sino porque no van bien para este tiempo en Madrid.

He hecho una lista con todo lo que debo llevar, ya sabes que mi cabeza ya no rige como antes, a ver:

En el fondo he puesto una muda de sonrisas y alegría para cada mañana.

En los bolsillos laterales he guardado todas las canciones y algunos disparates.

He intentado dejar atrás los miedos, pero no voy a engañarte, creo que alguno se me ha colado entre los pasatiempos.

He comprado un pack de sueños que encontré en oferta, van junto a los besos que llevo en el neceser rojo.

He dejado el centro para la esperanza, me llevo toneladas.

Doblé con esmero todas las fiestas, los cumpleaños, los días que celebramos algún logro y todos tus saltitos.

He puesto entre algodones todas las caricias, las miradas y un saquito de cosquillas con uñas largas.

He bajado a la playa a escoger unos rayitos de sol (siempre te ha gustado, en estas fechas, mirarte al espejo y decir aquello de: “estoy lleno de sol”), también he atrapado unas cuantas olas grandes, de esas que te gustan a ti, las que te zarandean y te hacen volar por las profundidades.

 Encuaderné todos los poemas y los cuentos que me inspiraste, a ver si un día de esto te los leo.

Hay un hueco grande, a la izquierda, para los buenos deseos, la solidaridad, las oraciones, el apoyo y la energía positiva que tantos y tantas te mandan.

Al fin, he guardado, entre la ropa, un tarrito de cristal con unas cuantas mariposas del jardín, por si las moscas no fueran suficiente.

 

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